Anika entre libros

la revolucion jacobina (discursos)

Ficha realizada por: Txema

Título: la revolucion jacobina (discursos)
Título Original: (la revolución jacobina. discursos)
Autor: Maximiliano Robespierre
Editorial: Nexos


Copyright: Colección Ediciones de Bolsillo ISBN: 84-297-3482-1
Etiquetas:

Argumento:

Recopilación de algunos de los discursos más importantes pronunciados por Maximiliano Robespierre, entre los que destacan los dedicados a la inviolabilidad del rey y el que pronunció con motivo del juicio al que fue sometido Luis XVI, y en el que se sentenció a morir guillotinado. Excelente prólogo de Jaume Fuster que, además, contiene una esbozo biográfico de este revolucionario jacobino.

Opinión:

Durante muchos años se ha considerado, y aún se considera por una gran mayoría, a Maximiliano Robespierre una especie de tirano sanguinario que, lo único que provocó, fue una terror indiscriminado en Francia durante el breve lapso de tiempo en que estuvo en el poder, y que, finalmente, acabó por correr la misma suerte que las personas a las que él mando ajusticiar: la guillotina.

Esta opinión generalizada ya la leí hace muchos años en los manuales de historia en los que estudié, por decirlo de alguna forma, la revolución francesa, y lo he seguido leyendo en muchas otras obras que tratan sobre la cuestión, cuando he tratado de profundizar en el tema. Ciertamente también y, cada vez más, he podido conocer opiniones que son, como poco, más objetivas y prudentes en su juicio.

Sin embargo, esas críticas tan feroces lo que esconden en el fondo, son una simplificación maniquea de la cuestión y un rechazo soterrado y vergonzante del proceso revolucionario que encarna Robespierre, porque fue un claro movimiento de corte pre-socialista. Son una simplificación más de las muchas que se han producido a lo largo de la historia.

Robespierre, para empezar, no puede ni debe ser juzgado con una mentalidad del siglo XXI, sino dentro del contexto de la Francia de 1793 que es la época en la que le tocó vivir y decidir. Tomó decisiones que, posiblemente, en muchos casos fueron equivocadas, pero siempre condicionadas por acontecimientos que él no pudo controlar, como fueron la huida del rey, que con ello se puso la soga al cuello, y los ataques militares contra Francia de potencias extranjeras y provocados, precisamente, por los "amigos" del rey. En este sentido conviene leer los discursos de Robespierre sobre la inviolabilidad el rey y sobre la guerra.

Muchas veces he oído, no sin cierta razón, aplicar el criterio de la contextualización en el tiempo para personas que también han provocado una fuerte polémica. Casos como los de Isabel la Católica y Felipe II, sin ir más lejos y por atenerme a la historia de España, son muchas veces juzgados, sobre todo ahora, con benevolencia con el pretexto, ya digo que no exento de razones, de que hay que considerar su labor dentro de su época. Pues bien, ese mismo criterio, reputado como razonable, hay que aplicarlo a Robespierre.

Y nada mejor que, para conocer un poco más al personaje, acudir a su pensamiento que, en este caso, se transmite a través de sus discursos, no todos evidentemente, pero sí algunos de los más significativos en excelente recopilación de Jaume Fuster.

Hay que anotar, porque quizá eso no queda claro en la recopilación, que Robespierre sufre una profunda evolución ideológica a lo largo del proceso revolucionario.

Recordemos que este empezó en 1789, con la toma simbólica de la Bastilla, en señal de protesta contra la destitución del ministro de Hacienda, Jacques Necker, y culmina la muerte de Robespierre en Thermidor (julio) de 1794, es decir, que se extiende a lo largo de cinco años. No se trata pues de un golpe de estado o una toma del poder, como ocurrió en Rusia o en Cuba, sino que es una transición, que se inicia de forma bastante pacífica y que se radicaliza sólo a partir de 1792 y como consecuencia de la actitud del rey. Y es a lo largo de ese proceso cuando va tomando cuerpo la postura de Robespierre, que recoge e interpreta los sentimientos de los más desfavorecidos. Los lleva al cénit y esto es precisamente lo que provoca su caída.

Así que, tras una lectura imparcial, que es condición inexcusable, de estos discursos, queda lejana, al menos para mí, la idea de un Robespierre sanguinario y se me acerca más la de un revolucionario que puso por encima de todo, incluido su interés personal, el servicio a una causa, la de la revolución, que él creyó siempre justa.

Aparece un ciudadano que ejerce la política pero que, sin embargo, no es un político en el sentido moderno que damos a esa palabra, es decir, un profesional de la política y que en muchas ocasiones -demasiadas- vive de ella. Robespierre no concibe que el ejercicio del gobierno pueda ser objeto de transacción inmoral o de mercadeo de intereses partidistas que vayan en contra del pueblo. Ciertamente, se podrá criticar con toda legitimidad, que Robespierre pudiera creer que, solo él, encarnaba los intereses del pueblo pero, lo que es indudable, es que siempre buscó el beneficio de la mayoría de los ciudadanos y esto queda muy claro en sus discursos.

También se puede estar en desacuerdo con su mitificación del pueblo. En este sentido me parece un poco excesiva la opinión vertida por Robespierre en un discurso pronunciado el dos de diciembre de 1792 en el que dice que "el pueblo es naturalmente recto y pacífico, siempre guiado por una intención pura". Es cuando menos discutible.

Robespierre es la encarnación de la fase final del proceso revolucionario. Sin él, como se vio posteriormente, la revolución no sólo no avanzó sino que, muy al contrario, sufrió un parón extraordinario, que fue degenerando para pasar primero por un directorio (Barrás y compañía), seguir después en la dictadura bonapartista y después nada menos que desembocar en un Imperio militarista, por mucho que se nos quiera convencer de que Bonaparte tenía originariamente ideas democráticas. Si las tuvo alguna vez, las perdió definitivamente con la corona que se auto impuso.

Y no es menos curioso que, muchos de los colaboradores de Robespierre y, por tanto, tan comprometidos como él en el régimen de terror que se achaca a nuestro personaje, sobrevivieran y ocuparan puestos de relevancia. Este es el caso de José Fouché, una especie de jefe de la policía política de la época y que con Napoleón llegó a ser nada menos que duque y, por supuesto, ejerciendo la misma siniestra labor.

Luego, la coherencia de Robespierre con su discurso, es incuestionable, porque él muere por la idea, muere por la revolución, no traiciona sus principios, algo que le habría sido relativamente sencillo. Fouché, que provocó la muerte de 200.000 personas sólo en Lyon, no sufrió ni un rasguño.

Defiende un modelo de sociedad igualitaria, un sistema de convivencia basado en la justicia y en la libertad y un modo de gobierno que se rige por unas normas de rectitud absoluta en la gestión de la cosa pública. Es tal su fama en este aspecto que se le llega a llamar "el incorruptible". Y vuelvo a retomar la palabra de Robespierre: "No existen dos maneras de ser libre: hay que serlo totalmente, o bien aceptar volver a ser esclavo. La más mínima iniciativa dejada al despotismo restablecerá muy pronto su poder". Qué palabras proféticas para todos nosotros.

Y sobre el terror, es cierto que se produjeron muchas ejecuciones, seguramente muchas barbaridades, y que con la mentalidad de hoy, cualquiera de ellas nos produce absoluta repugnancia y rechazo. La misma repugnancia y rechazo que nos produce la falta de escrúpulos de George Bush que en pleno siglo XXI, sigue defendiendo la pena de muerte y la lleva a cabo con gran "generosidad" y que provoca guerras preventivas con la inestimable ayuda de algún que otro católico líder hispano.

Hagamos el esfuerzo de leer los discursos de Robespierre y veremos que alguien que es capaz de decir que ¿hasta cuando el furor de los déspotas se llamará se llamará justicia y la justicia del pueblo barbarie o rebelión? No puede ser un sanguinario.

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