Anika entre libros

memorias de una viuda

Ficha realizada por: Patricia Esteban Erlés
memorias de una viuda

Título: memorias de una viuda
Título Original: (a widow´s story, 2011)
Autor: Joyce Carol Oates
Editorial: Alfaguara


Copyright: © Joyce Carol Oates, 2011
© Santillana Ediciones Generales, 2011
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia
1ª Edición, 2011 ISBN: 9788420407289
Etiquetas: autobiografía, autobiográfica, autobiográfico, biografía, book, ebook, e-book, libro electrónico, literatura, memorias

Argumento:


La novelista Joyce Carol Oates perdió a su marido, el editor Raymond Smith en el año 2008. Smith había sido ingresado en el hospital aquejado de neumonía pero murió pocos días después, víctima de una infección secundaria. Es entonces cuando la célebre autora norteamericana debe empezar a asumir el resto de lo que ella llama su vida póstuma, todo el tiempo que le queda marcada por la ausencia del hombre de su vida, su primer novio, su mejor amigo, su editor, su amante y confidente.

A lo largo de casi 500 páginas Oates ofrece un diario conmovedor, desgarrado, de su periodo de duelo, de la toma de conciencia de todo lo que no volverá a repetirse y de su nuevo estatus como viuda. El insomnio, la soledad, los recuerdos, se convierten en sus únicos compañeros de viaje en este trayecto que recorre el pasado de un amor blindado y un futuro que se intuye árido, desolado. Un viaje, también, en el que la literatura y los amigos se revelan como sus auténticos salvavidas para Oates. Maravilloso y sutil, el libro nunca llega a caer en excesos de sentimentalismo y es un ejercicio de introspección que la autora resuelve con una gran lucidez y delicadeza.

Opinión:


Después de devorar el libro de Joyce Carol Oates no me queda más remedio que hablar de él desde el puro deslumbramiento. Sin duda, estas memorias dedicadas a su marido, el fallecido Raymond Smith, constituyen uno de los libros de material autobiográfico más hermosos que he tenido ocasión de leer. La novelista asiste con estupor a su transformación en ese arquetipo femenino tan temido como digno de compasión, la viuda, tras complicarse la enfermedad de su esposo hasta el punto de causarle la muerte de forma súbita, la primera noche que ambos deciden que ella duerma en casa, desde que Raymond fue hospitalizado. La pareja se despide hasta el día siguiente, pero Oates recibe la llamada del médico de madrugada y ya no alcanzará a ver a su marido con vida. La sensación de haber perdido una parte esencial de sí misma se mezcla entonces con la culpa retrospectiva, con los remordimientos de conciencia que casi siempre atenazan a los familiares de un enfermo cuando sobreviene un desenlace fatal.

Oates escribe con los sentimientos a flor de piel, pero sería un error pensar que su obra se queda tan sólo en un informe del periodo de duelo que guarda por su marido. De alguna manera, esta maga de las letras es capaz de convertir en literatura sus vivencias, de impregnar cada página de un sentido más amplio y más profundo, universal. Es un camino duro, el que le queda por recorrer, en tanto superviviente de una pareja que parecía eterna. Un camino en el que la más absoluta desolación se alterna con la rabia, el propio bloqueo como escritora, la conciencia de que hay muchas cosas que van quedando atrás (la revista literaria que publicaban Oates y su esposo, desde hacía más de treinta años, la suscripción al New York Times, que ya nadie leerá en el desayuno, el gato que Smith regaló a su esposa y que muere de pena poco después que él), el miedo a casi todo lo que intuye va a ser su presente a partir de entonces, etc.

Valiéndose de dos voces distintas, Oates narra en primera y tercera persona el largo proceso que suponen para ella la breve enfermedad y los seis meses posteriores a la muerte de Raymond. El “yo” narrador le sirve para rememorar instantes que parecían triviales en su momento, pero que quedan grabados a fuego en su alma: la decisión, tal vez errónea, de llevar a su marido a un hospital cercano en lugar de a otro con más prestigio; la imagen del enfermo leyendo el periódico en la cama, con mejor aspecto que los días pasados, sin intuir siquiera que esas están siendo sus últimas horas de vida; el alocado viaje en coche de la mujer que confía ingenuamente en encontrar vivo a su marido, la quietud de la habitación, la ausencia de tubos y goteros alrededor de su cuerpo que le arrojan a la cara la realidad de lo ocurrido, de lo inevitable.

Por otro lado, la tercera persona se introduce siempre en letra cursiva al final de cada breve capítulo, a modo de conclusión lanzada por la Oates del presente, una viuda ya serena, que reelabora su experiencia y extrae reflexiones casi con validez de sentencias. Un interesante desdoblamiento narrativo que tiene en cuenta la necesidad de ese aporte narrativo, de esa materia vital de la historia de amor y complicidad de la pareja, pero también el equipaje filosófico con el que se puede afrontar la pérdida del ser amado durante medio siglo de la propia vida.

Me han gustado muchas cosas de este libro, pero señalaré tan sólo algunas para no extenderme ni privar a los lectores de Oates del propio descubrimiento de este texto maravilloso, hecho de vida y literatura. Es digno de ser reseñado el papel que desempeña el grupo de amigos de la pareja como apoyo no solo mora, sino también logístico y hasta nutricio de la viuda Oates. Un conjunto de seres que han formado la familia de Smith y su esposa, escritores y profesores universitarios, intelectuales muy conocidos en ocasiones, que se convierten en refugio y  fuente de consuelo permanente para la escritora. Oates incluye en varias ocasiones los textos íntegros de las tarjetas de condolencia y los correos electrónicos que recibe de esos seres afines, textos consolatorios, intempestivos, enternecedores, que suponen el alimento espiritual de la viuda y le permiten soportar su pena, afirmar los pies en un mundo que le resulta terriblemente árido e insustancial sin su esposo. Sus amigas la habrán acompañado antes a realizar las obligadas gestiones que conlleva la muerte, empezando por la obligada visita a las pompas fúnebres, y dejarán durante semanas enteras cestas de comida junto a la puerta de entrada de la casa de Oates, en un conmovedor gesto de cariño que la viuda consigna en su diario de tristeza. Y es que, poco a poco, ella misma irá encontrando razones por las que vivir, sin darse cuenta. En este sentido, el propio trabajo como profesora de escritura creativa en la universidad es uno de los motivos que tiran de la reciente viuda hacia arriba, hacia la superficie. Allí estará esperándola el jardín de Raymond, abandonado tras su muerte y uno de los proyectos más queridos de su esposo, que decide cuidar como tributo y recordatorio de su presencia en la casa.

Por último, un libro, el manuscrito de la novela que Raymond Smith escribió y nunca se decidió a publicar, le mostrará facetas desconocidas del pasado de su marido y aspectos de su relación que resultarán determinantes y la ayudarán a seguir adelante. Creo que, desde este punto de vista, podría incluso recomendarse la obra de Oates como lectura terapéutica para personas afectadas por la pérdida de un ser querido. Hay mucha valentía en su canto a la vida, aún después de la catástrofe más absurda, menos explicable desde parámetros racionales. Oates comprende que con el paso de los meses se acaban por puro agotamiento los reproches que uno lanza contra sí mismo y el fantasma amado que nos abandonó en medio del desierto. Que se encuentra el valor necesario para borrar el mensaje del contestador que aún retiene su voz y que un día, sin más, se planta cara a las horas interminables de la noche y se logra dormir sin somníferos. Porque el jardín florece y quedan muchos libros como este para disfrutar del tiempo que nos es dado vivir. 

Patricia Esteban Erlés

Frases de esta opinión pueden utilizarse libremente en otros medios para promoción del libro, siempre que no se varíe y se mencionen al autor de la misma y al medio anikaentrelibros.com

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