Anika entre libros

Laura Freixas (La sinrazón. Rosa Chacel)

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Laura Freixas

(Columnista, Crítica Literaria y Escritora)

La sinrazón Rosa Chacel
UN LIBRO Y UN RECUERDO: " LA SINRAZÓN" DE ROSA CHACEL EN UNA ALDEA ABANDONADA DE LA SIERRA DE SEGURA          

Parecía casualidad que hubiera elegido precisamente un libro de Rosa Chacel para aquellas vacaciones del verano de 1993, que podían haber sido aburridísimas y resultaron estrambóticas. Había alquilado, con unos amigos (mi marido me llevó en coche hasta allá y salió huyendo: el beatus ille nunca ha sido su cup of tea) una casa en una aldea abandonada de la Sierra de Segura. El lugar no me decepcionó: era un pueblo diminuto, llamado Montalvo, totalmente abandonado, al que habían ido llegando algunos personajes más o menos fuera de lo común, unos -poquísimos- para vivir y otros -tampoco muchos- de vacaciones. Lo que se dice habitantes, el pueblo tenía siete, de los que -como era de esperar- tres no se hablaban con los otros cuatro. Eran una especie de hippies sui generis, entre ellos un pastor de cabras leridano que se alimentaba sólo de cebollas y cuya compañera, una alemana que estaba haciendo una tesis sobre el pastoreo de cabras -sic- desapareció un día, hacía de eso unos meses, sin dejar huella; el pastor fue abundantemente interrogado, pero nunca, que yo sepa, se demostró nada. En cuanto a la idiosincrasia de los veraneantes -personas nacidas en el campo, que habían emigrado con sus padres a la ciudad, pero que echaban de menos la vida de pueblo: nostálgicos no sé si del beatus ille o de la berza, que vivían once meses al año en Sevilla o Zaragoza, pero hacían de ecologistas durante las vacaciones-, como muestra valga este botón: uno de ellos tenía por costumbre pasearse en pelota picada por la calle mayor. Claro está que este nombre rimbombante se refería en realidad a un camino de tierra entre media docena de ruinas, antiguamente casas.

¿Y qué tenía que ver Rosa Chacel con todo eso? Bueno, cuando yo elegí como lectura ese tocho titulado La sinrazón, en una edición tan fea y pobretona como casi todos los libros de doña Rosa, Dios la tenga en su gloria, pensaba, como digo, que era casualidad, pero no. Doña Rosa, igual que Montalvo, prometía ser un plomo, con sus quinientas páginas en las que podemos tener por seguro, conociendo el percal, que no pasa nada, y si pasa, tampoco nos vamos a enterar: yo me leí una vez de cabo a rabo su primera novela, Estación. Ida y vuelta, y sólo cuando habiéndola terminado me dio por leer el prólogo, de una profesora universitaria, me enteré de que en la novela que acababa de leer había un adulterio y un asesinato… En fin, La sinrazón era tan aburrida como Montalvo; era igual de difícil entrar en ella (estaba a 5 kilómetros de la carretera -Montalvo, no La sinrazón- pero eran 5 kilómetros tan abruptos, zigzagueantes y escarpados, que se tardaba lo mismo, lo juro: tres cuartos de hora, en recorrerlos por cualquier medio: a pie, en coche o en bicicleta; no probé el burro ni el helicóptero) y sin embargo, tenía el mismo secreto: a través del esfuerzo y del aburrimiento, se alcanzaba una especie de hipnosis, y desde allí, como cuando desde Montalvo yo me recorría en bicicleta hasta 80 kilómetros para ir a bañarme al río, se divisaban paisajes bellísimos, se encontraban personas extravagantes, y hasta se pasaba algo de miedo, con tanta peña y barranco y ese pastor de cabras que no se sabe si no sería un asesino. Igual que los personajes de doña Rosa.

Para Anika entre libros - junio 2007
Firma: Laura Freixas 
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