Anika entre libros

los trece relojes

Ficha realizada por: Ariodante
los trece relojes

Título: los trece relojes
Título Original: los trece relojes
Autor: James Thurber
Editorial: Ático de los Libros


Copyright: Traducción de Joan Eloi Roca
Prólogo de Neil Gaiman
Ilustraciones originales de Marc Simont
Año edición: 2010 ISBN: 9788493780920
Etiquetas: cuentos, relatos

Argumento:


“La risa no debe eliminarse de nada, pues todo lo mejora”
J. Thurber
 
 
James Thurber , (Ohio, 1894-1961) escritor y humorista gráfico norteamericano, compañero de E. B. White en el New Yorker, pertenecientes ambos al círculo de habituales del café del Algonquin, (Dorothy Parker y compañía)  es el autor de este originalísimo cuento. Lo escribió en los años cincuenta, en las Bermudas, como un divertimento cuando estaba a medio de escribir otro libro. De hecho lo dictó, ya que en esa época ya se estaba quedando ciego. En su tema y en su estructura, es un cuento fantástico que remite mucho a la Alicia de Carroll o a los cuentos de Grimm. Puede ser leído por niños y por adultos, siempre y cuando tengan sus mentes preparadas para admitir lo inadmisible, creer lo increíble y estén dispuestos a viajar por un tiempo atemporal y por un espacio imposible. Insisto en que me recuerda el mundo de Lewis Carroll, porque la lógica no funciona en este cuento o al menos, pertenece a otro tipo distinto de lógica, una lógica humorística. Jugando mucho con las palabras, con la lógica y presentando siempre personajes imposibles, como los de Carroll, con acciones impensables y situaciones indescriptibles, como el sombrero del Golux. 

Thurber , que era ilustrador también, no pudo ocuparse de las imágenes por su avanzado estado de ceguera. Por eso recurrió a Marc Simont, a quien bombardeó a preguntas y mantuvo con un fuerte marcaje para conseguir que se acercase a lo que él tenía en mente. La presentación del libro, con las ilustraciones originales, es elegante y bien cuidada. La editorial, que casi se estrena con este libro, resulta francamente prometedora.

Opinión:


La historia aparentemente sigue el patrón de los cuentos, por ejemplo, de Grimm: malvado duque tuerto y cojo, que en el Castillo de Ataúd tiene congelado el tiempo y cautiva a la cálida princesa Saralinda, para cuando llegue la edad adecuada convertirla en su esposa y darle el calor que necesita a su helada vida. Mientras tanto, cada pretendiente que intenta acercarse a ella con intención de desposarla, es eliminado por el procedimiento de plantearle metas imposibles de realizar. Y después de matarlos, alimentar los gansos con sus restos.

“Alli –en el Castillo-  el tiempo está congelado. Siempre es Entonces. Nunca es Ahora.” Así pasa y no pasa el tiempo, porque aunque Saralinda cumple años, los trece relojes del Castillo siguen parados en las cinco menos diez, congelados por el gélido hálito del duque. 

Pero cuando llega el príncipe adecuado, bajo el disfraz de trovador Xingu, es ayudado por un ser incomprensible, el Gólux, que es y no es, está y no está, sirve a uno y a otro, pero en realidad es bueno aunque parezca que no lo es. Algo así como la encarnación del ingenio, podríamos pensar.

Pero el príncipe Zorn, hijo del rey de Zorna, que almacena piedras preciosas y joyas, es descubierto por los espías de duque, Susurro, Soplón  y  Chitón, y emplazado a ir a por mil gemas y traerlas ante el duque si quiere la mano de la princesa Saralinda. El problema está en que le da muy poco tiempo para ir a recogerlas, por lo que ha de ser ayudado por el contradictorio Gólux, que, guiado por una rosa que les da la princesa, le lleva a la cabaña de Hagga, una mujer hechizada que al llorar, sus lágrimas se convierten en piedras preciosas. Han de hacerla llorar, pues. Pero Hagga ya no llora. Ya nada le apena lo suficiente, al parecer, por lo que sólo puede llorar de risa, pero las lágrimas de la risa producen gemas autodestructibles, que desaparecen al cabo de horas. Volvemos al tiempo, de nuevo.

En fin, el caso es que las joyas finalmente aparecen y Xingu y el Gólux pueden llegar a tiempo de reclamar a Saralinda, que con su calor pone en marcha de nuevo los relojes del castillo: “algo parecido a un buitre desplegó las alas y se marchó del castillo. -Eso era Entonces-dijo el Gólux. ¡Ya es Ahora! Gritó Saralinda”  y todo va bien, salvo para el duque, que como es el malvado, pierde la partida, como en todo cuento que se precie, ya que cuando el príncipe se ha llevado a la princesa al país de Yarrow, el gélido duque ve cómo sus preciadas joyas se deshacen entre sus dedos, convertidas en las lágrimas de Hagga, las lágrimas que tanta risa las hizo surgir. Y mientras tanto, el maligno Todal, una especie de tenebroso agente del demonio, llega cual Caronte para llevárselo a sus dominios.
 
Ariodante
Julio 2010

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