Anika entre libros

asesinatos profilácticos. antología del relato negro iv

Ficha realizada por: Patricia Rubiera
asesinatos profilácticos. antología del relato negro iv

Título: asesinatos profilácticos. antología del relato negro iv
Título Original: (asesinatos profilácticos: antología del relato negro iv, 2011)
Autor: VV.AA
Editorial: Irreverentes


Copyright: © VV.AA, 2011
© Ediciones Irreverentes, 2011
1ª Edición, Octubre 2011 ISBN: 9788415353096
Etiquetas: antología, asesinos, criminales, género negro, policiaca, policiaco, psicópatas, psycokiller, recopilatorio de varios autores, sociópatas

Argumento:


Veintiséis autores, veintiséis relatos, veintiséis modos de perpetrar un crimen, veintiséis maneras de vengarse y conseguir la paz. Esta cuarta entrega de Antología del relato negro nos abre los ojos a aquello que ya sospechábamos, España sigue siendo negra y criminal.

Opinión:


Que el género negro está más vivo que nunca es algo que no se puede negar, eventos como BCNegra, Getafe Negro y la impagable Semana Negra de Gijón dan fe de ello con sus cientos, miles de asistentes que disfrutan placenteramente de lo truculento, del asesinato en estado puro, de la sublime venganza, del acto supremo de liberación que supone deshacerse de aquello que nos molesta. Fiel reflejo de todo esto son los relatos que nos ofrece “Asesinatos Profilácticos”, historias que al igual que decía Rupert Cadell en “La Soga” elevan el crimen a la categoría de arte, un arte modernizado y que ha sabido evolucionar con los tiempos. Puede que el género esté asociado para siempre con la imagen de Bogart, su cigarro, gabardina y sombrero de ala ancha, aquellos “Ángeles con caras sucias” de James Cagney pero, en la actualidad, el criminal es un tipo normal y corriente, un currito de oficina con horario de 9 a 5 como el protagonista de “Chop Suey” de Carlos Augusto Casas, el vecino de enfrente que te hace un favor a regañadientes como nos cuenta Willy Uribe en “De perros e hijos”, en definitiva, cualquiera podemos ser un asesino si las circunstancias nos son propicias.
 
Se suele decir que la verdad nos hará libres pero es falso, el asesinato nos hará libres o, en su defecto, nos proporcionará una calma infinita porque ¿hay algo más liberador que deshacerse de aquel que se empeña en convertir nuestra vida en una auténtica tortura?, es ese acto definitivo el que devuelve el equilibrio, una nueva versión de la selección natural Darwiniana en la que el más fuerte, el valiente, el desesperado, sobrevive… o lo intenta por todos los medios como la fascinante, brutal y salvaje “Gata Coja” de Cristina Fallarás. No seamos hipócritas, todos hemos fantaseado con hacer desaparecer del mapa a más de un desgraciado que pisa la tierra, escoria en estado puro que no merece vivir y que  su sola desaparición haría del mundo un lugar mejor. Dictadores disfrazados de demócratas como ocurre en “Rosas Blancas para Putin” de Julio Fernández Peláez, corruptos en las más altas esferas del Estado a los que Daniel Barredo no duda en describir en “Matar al perro”, violadores de tiernas niñitas como el protagonista de “La recogí a la puerta de una iglesia” de la pluma de Andrés Fornells, son sólo un ejemplo de la cantidad de mal nacidos que se empeñan en amargarnos nuestra existencia y que podemos eliminar sin temor alguno aunque sea sobre el papel convencidos, como estamos, de que el canalla no es el que aprieta el gatillo, él es el juez y el verdugo de las miles de lacras sociales que nos asolan.

Todos estos protagonistas se han visto en ese punto de no retorno en el que el crimen es la única solución para mantener una vida digna, llevados a esa situación por esa perra que es la vida en la mayoría de las veces aunque, en ocasiones, el diablo se ponga de su parte y se les conceda una peculiar justicia poética como nos narra Guillermo Orsi en “El Cirujano”, o las ironías del destino los conviertan en héroe a su pesar en “Una época de mierda” de la pluma de Pedro de Paz. Aún así, empujados por un profundo sentido de la justicia, los personajes necesitan que entendamos, como humanos que son, que ha sido la única salida que han encontrado y que, después de todo, como nos dice Juan Ramón Biedma en “Arroz con puntillas oxidadas” todo es cuestión interpretar los signos.

Ante todo esto no podemos hacer más que posicionarnos en el lado del ejecutor, sonreír con ellos en el momento en el que la pólvora mancha sus manos, deleitarnos ante la perfección del crimen ejecutado como en “La puerta verde que se abre al revés” de Isaac Belmar, aplaudir ante el valor demostrado que a nosotros nos falta, a ofrecernos de coartada voluntaria porque, en el fondo, sabemos que nosotros haríamos lo mismo si nos atreviéramos.
 
Asesinatos Profilácticos” nos quita la venda de los ojos para mostrarnos cómo somos realmente, nos enseña que hay que hacer un mal para lograr un gran bien, que el fin justifica los medios aunque haya que mancharse las manos de sangre para ello, que todo depende del color del cristal con el que se mira y, en este caso, el cristal es negro, muy negro… y criminal.

Patricia Rubiera

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