Anika entre libros

Una voz venida de otra parte

Elisa Rodríguez Court, octubre 2010

 

Es cierto: la atracción y el espanto corren parejas. No es extraño, pues, que La Desconocida del Sena se haya vuelto leyenda. El suceso ocurrió a fines del siglo XIX: el cuerpo sin vida de una joven fue hallado en el Sena. La muchacha murió ahogada, fue expuesta durante días en la morgue parisina y nadie reclamó su cadáver. Carente de signos de violencia, se sospechó que su muerte se debió a un suicidio. Hasta aquí una historia más entre otras. Sin embargo, la belleza de La Desconocida del Sena embelesó a uno de los empleados de la morgue, el cual inmortalizó su rostro en una máscara mortuoria. Desde entonces ha sido fuente de inspiración artística, debido a la fascinación que despierta su contemplación. Su semblante sereno, con los ojos cerrados y de sonrisa tan fina como viva, parece querer hablar de felicidad en la muerte. Sentirla cercanamente plácida y a la vez inasequible recuerda a esa niña de uno de los poemas de Samuel Wood, el doble del poeta Louis-René des Forêts. De ella habla el escritor Maurice Blanchot en Una voz venida de otra parte. Es éste uno de los textos que dan título a uno de sus libros. La niña solo se deja ver en sueños "en la plena luz de su gracia" o "sosteniendo una vela que sopla como con pesar para que no se la vea desaparecer."

"Ella solo se deja ver en sueños/ Demasiado bella como para adormecer el dolor", se lee en el poema de Des Forêts, añadiendo Blanchot: "y, por el contrario, agravándolo, puesto que ella sólo está ahí merced al sueño, presencia de la que se sabe al mismo tiempo que es engañosa. ¿Engañosa?"

Prosigue entonces Des Foréts: "No, ella está ahí, y efectivamente ahí / qué importa si el sueño nos engaña. (…) Un sueño, pero ¿hay nada más real que un sueño?"

Imposible arrancar a la niña del sueño para preguntarle, porque interrogarla es perderla. Como venida de otra parte, solo dormimos para verla. En la razón diurna no se aparece, al igual que acceder al misterio de La Desconocida del Sena requiere cruzar al otro lado e ir hacia ella en la muerte. Un modo de atravesar la belleza como última barrera frente al horror o, en cualquier caso, frente al último silencio. Mientras tanto, entablamos amistad con la voz venida de esta parte y su única herramienta: las palabras que, según Des Forêts, "siguen siendo nuestros amos en todo/ puesto que hay que pasar por ellas para callarse." Al fin y al cabo, "todo lo que habla está hecho de carne mortal" y el resto es silencio. Silencio hecho de una vela a punto de apagarse en manos de una niña o de unos ojos definitivamente cerrados y una sonrisa tímida en un rostro apacible.

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