Anika entre libros

Una tregua

Elisa Rodríguez Court, septiembre 2007



Este artículo se engendró en el mar. Entre brazada y brazada, las palabras iban avanzando al frente con la finalidad de sanearse. Nadaban y nadaban, bajo un cielo turbio, escurridizas y libres como los peces. Tenaces y a su aire. Guiadas por la necesidad de dejar atrás la pérdida de su dignidad, se decían unas a otras que no nacieron para la coartada ni para calumniar. Ningún pretexto que avale cualquier injusticia o cualquier sufrimiento. Tampoco banalidades. Siempre contra las artimañas y contra todo oscurantismo, a muerte. Y antes, invisibles, de puro blanco que desean volverse. Limpias como la primera luz, reverberantes sobre el mundo.

Nadaban y nadaban las palabras en el interior de este artículo que se abría paso en las aguas cóncavas y saladas. Mar abierto donde la inmediatez no existe y universo líquido en el que se puede recortar el espacio en el lugar en que empieza a molestar o a doler. Braceada a braceada hacia su propia integridad, las palabras se afanaban en escucharse concatenadas en las voces de escritores que han sabido auscultarles el alma. "Hecho de polvo y tiempo,// el hombre dura menos// que la liviana melodía…// que sólo es tiempo." Un prodigio, los versos de Borges, poeta de lo eterno concebido como simultaneidad de presente, pasado y futuro. Tal vez, un ahora intemporal, duración instantánea pero ilimitada que incluye todas las edades. Todas y ninguna, un motivo contra la soberbia y en defensa de la humildad que termina haciendo "polvo la historia", haciendo "polvo el polvo."

Avanzaban y avanzaban las palabras, sus pulmones intoxicados, en busca de oxígeno y dispuestas a dar la cara frente a la atmósfera envenenada. Nunca sucumbir, dialogaban unas con otras, al tiempo que repetían mar adentro los versos de Borges mediante los cuales confiesa con honestidad su mayor pecado cometido: no haber sido feliz.

Altas olas embestían contra las palabras que se revolcaban, invencibles, en el oleaje. Resbaladizas, cada vez más ligeras en su blancura anhelada, se iban alejando. Nunca servir al discurso de los garantes de la infelicidad de los demás, se les oía proferir cuando ya sólo eran un punto, a la vista de los bañistas, en las despejadas aguas.


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