Anika entre libros

¿Por qué escribo?

Ignacio Carcelén, julio 2012

 

Siendo pequeño mis padres me llevaron a ver "La guerra de las galaxias"; al día siguiente ya estaba creando mis propios cuentos con robots. Otras personas, supongo, comenzarían a dibujar naves espaciales. Aquello me gustó, al poco dejé la copia y empecé a crear historias propias. Pero me encontré con un problema: me faltaba vocabulario para situar los escenarios, no sabía cómo se llamaba donde comían los cerdos o las partes de una casa rural.

Fran Lebowitz afirma que no se dan niños prodigio en la literatura, se ven en la música o la pintura, pero, para escribir, se necesita experiencia. En mi caso, no me preocupaba, sólo quería pasar un buen rato. Estoy seguro de que no hubiera creado nada excepcional, pero desconocer las palabras fue suficiente para que dejara de escribir historias.

Años después, llegó la adolescencia. Mi educación había sido buena y ya no encontré con tantos problemas. Aunque tendría que añadir que existen pocas cosas que frenen a un adolescente, que es lo que tendría que haber sucedido. El mundo se habría librado de unos poemas espantosos.

Sin embargo, aquella vez caló. Había algo en el juego con las palabras que me atrapó. Sólo escribía poesía, en su mayoría amorosa, aunque también sobre los problemas a los que me enfrentaba. Empezaba a mirar el mundo y trasladarlo al papel. Me estaba conociendo.

Un desengaño amoroso me hizo dejarlo. No estaba contento que lo que había escrito y todo lo que pudiera añadir lo creía idiota, sin interés. Me hundí profundamente. Ya no escribía, pero por dentro no dejaba de hacerlo. Atrapaba todo lo que sucedía. No perdía la esperanza de un día contarlo todo. Leía libros y no encontraba lo que yo estaba viviendo por dentro.

Aún así, en medio, terminé una novela que había empezado a idear cuando todavía me sentía inspirado. A nadie le gustó, tampoco a mí. Pero apreciaba su estructura, a la que había dedicado tiempo.

Otra mujer me devolvió, años después, a la literatura. Me la encontraba cada fin de semana a donde iba con mis amigos a beber. Era imposible ser indiferente a su encanto. Sus ojos eran de azul muy claro, solía llevar el pelo corto y era muy pequeña y blanca. Sin contárselo a nadie, comencé a escribirle poemas. Los escribía pensando en ella.

Como si hubiera pasado siglos encerrado en una prisión, salieron de mí las más bellas palabras que nunca hubiera dedicado a una mujer. Pasaba toda la tarde escribiendo y deseando que llegara el viernes para verla. En total, escribí unos cincuenta poemas en unos meses. Mi dominio llegó a ser asombroso. Pero cada vez me costaba más terminar un poema, y pensé que para gastar ese tiempo más me valdría escribir una novela. Lo veía algo más fácil y, sobretodo, menos costoso.

Así que me puse manos a la obra, pero qué equivocado estaba. Una novela era tan compleja como un poema. El peso de cada palabra me asfixiaba, como siempre, daba mucha importancia al ritmo, y tardé tres años en acabarla. ¡Yo que había pensado que la terminaría en unos meses!

Para entonces ya estaba atrapado, en cuanto la terminé, tenía en mente dos o tres proyectos más. Y para cuando los concluí, habían aparecido más que deseaba contar y embarcarme en su proceso. Seguí este ritmo unos diez años, trabajando si parar, pero con el error de no enseñárselo a nadie. Cuando me decidí y encontré una persona que quisiera escucharme, me bastó un par de consejos para darme cuenta de que mi arrebato tenía que dirigirlo con mejor acierto. La obra que creaba tenía valor, sólo necesitaba unos consejos y con todo lo que había aprendido, no me costó poner el tren sobre las vías.

Fue el momento de tomar una decisión seria. Empezar algo que tuviera sentido y que me hiciera sentir vacío. Tomando mis propias enseñanzas y experiencia para crear arte, o, al menos, emprender el camino con seguridad en mí. Sin importarme que sucediera con ella y sólo por el placer que nunca me ha abandonado y que supone enfrentarse a la página en blanco.

Hoy vuelvo la vista atrás, a cuando me senté en una silla y empecé a contar historias. Por entonces yo era lector, a todos los niños les regalan libros cuando son pequeños, pero aquellas historias que leía y que tanto me gustaban, por algún motivo no me impulsaron a escribir. Los libros, libros eran. Y yo era tan parecido a ellos como tostadora a un pescado. Pero estuvieron ahí, de alguna forma. Conocía lo que eran, y cuando una súbita experiencia entró en mi casa en forma de película de ciencia-ficción, empecé a escribir también como esos autores que tanto apreciaba, aunque nunca hubiera imaginado los placeres, y también sin sabores, que terminaría por conocer. ¿Me arrepiento de lo sucedido? La respuesta es no. Tan sólo quisiera no haberme cerrado el campo de otras artes, porque disfruto expresándome, y quisiera saber pintar o tocar un instrumento.

 

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