Anika entre libros

Pío II, el novelista arrepentido

Cátulo, mayo 2004


La mayoría de nosotros conocemos la habilidad o, por qué no decirlo, necesidad ecuménica, más cierta en unos casos que en otros, de los Papas de Roma para escribir encíclicas. Son abundantes los ejemplos a lo largo de la historia, dos veces milenaria, de esta institución eclesial.

También sabemos que, en la dilatada historia del pontificado, una buena parte de los que han calzado las sandalias del pescador no han sido hombres precisamente ejemplares: violadores, asesinos, estafadores, ladrones, incestuosos, corruptos, simoníacos, etc., han ocupado en demasiadas ocasiones el trono de San Pedro. Pero no pretendo asustar a las almas piadosas y a los creyentes de buena fe -no creo que además pueda existir otra- con un análisis pormenorizado, que además ya está muchas veces hecho, de todos estos "santos" padres. Es esencialmente la literatura lo que aquí nos interesa.

Quiero aprovechar la oportunidad que se me brinda a través de Artiliteratura, para comentar el caso de un Papa muy singular: Pío II, que tenía por nombre Eneas Silvio Piccolomini. Esta Papa es más conocido por dos importantes hechos relacionados con su pontificado: por un lado fue quien canonizó a Catalina de Siena, de quien era paisana y, por otro, convocó la tercera cruzada contra el infiel que fue un rotundo fracaso, pues ni siquiera se puso en marcha.

Diré también de paso, que la costumbre de que los Papas cambien su nombre por otro, proviene de la época de Juan XII, cuyo nombre en realidad fue Octaviano algo que, según parece, no debió parecer muy adecuado para un sumo pontífice, por otra parte, de infausto recuerdo.

Pero, volviendo a Pío II, lo que ya no es tan conocido es su actividad literaria. Nació en Siena en el año 1405 en una buena familia burguesa y, como tantos hombres de la época, su vida, desde el aspecto moral, no fue precisamente ejemplar. Estuvo absolutamente de espaldas a la religión, fue un mujeriego de tomo y lomo y tuvo dos hijos ilegítimos con dos mujeres distintas.

Fue, en ese tiempo disoluto, cuando escribió la interesante novela que nos ocupa y que se tituló "Euríalo y Lucrecia: historia de dos amantes" (el original está en latín). Se trata de una obra absolutamente erótica, escrita en 1444, de la que, posteriormente, en 1458, tuvo que retractarse y arrepentirse para poder ser Papa. Vista con la perspectiva de entonces no es para menos.

La obra, que hoy nos parecería posiblemente un simple y vulgar culebrón, trata de los amores extramatrimoniales de Lucrecia con Euríalo o Euryalus, tal como aparece en el original que, evidentemente, como he dicho está en latín, aunque actualmente disponemos de versiones en alemán, italiano y castellano (México), a la que se sumará, dentro de poco otra Pioiimás, esta vez editada en España, gracias al profesor José Manuel Ruiz de la Universidad Complutense de Madrid.

La cuestión importante que me gustaría resaltar, no es tanto el alto contenido erótico-sexual de la novela, como el hecho de que ha sido la única vez que un Papa se ha "lanzado" por este género literario. También es importante desde el punto de vista del estudio de la historia de la literatura, como lo demuestra el interés de los universitarios de varios países.

En realidad esta novela es una de las muchas manifestaciones de las dificultades que tuvieron los renacentistas italianos, y de fuera de Italia, para poder adaptar a la literatura de su tiempo los conceptos de sus admirados precedentes griegos y latinos.

Para nadie es un secreto que los renacentistas querían volver a los clásicos; se miran en Grecia y en Roma, quieren recuperar sus formas, en lo artístico, en lo social y en lo político. Pero la tarea es complicada y la literatura no es la excepción. Por supuesto me refiero al primer Renacimiento, antes del Concilio de Trento.

La cuestión esencial es que, en el Renacimiento, ya existe e impera con mucha fuerza el "Dios" de los cristianos con su estrecha moral sexual, verdaderamente represora, frente a los dioses paganos, que eran valedores de todo tipo de actos sexuales, incluidos los de homosexualidad que, como es sabido, pasó de ser tolerada y ensalzada, como se puede deducir de la lectura de cualquiera de los poetas griegos y latinos, a ser considerada el más nefando de los pecados, que no pocas veces costaba la muerte y que, salvo en obras consideradas tenebrosas y siempre desde la clandestinidad, desaparece de la literatura.

Se puede hablar y escribir de amores, como el caso de Lucrecia y su amante o como en el de la Celestina, que está muy inspirada en esta obra, pero, al final, y para evitar problemas hay que dar cierto aire de moralidad cristiana, de forma que venza siempre el amor casto y recto dentro de los cánones imperantes. Este fue un serio problema para los escritores del primer Renacimiento y para muchos después de esta época.

Por eso, para de alguna forma defenderse, aunque no sé si es creíble del todo, el futuro Papa, dice en el prólogo del libro, publicado en forma de carta, que lo que trató de poner al descubierto con su novela es el peligro de los amores adúlteros e ilícitos y fijar unas normas de virtud para los jóvenes. Parece que esta es, según el profesor de Madrid, la teoría más aceptada por los estudiosos modernos.

La novela ocurre entre los años 1432 y 1433 y los protagonistas son auténticos: se trata de un alemán Gaspar Schlick, que fue amigo del autor y una señora (Lucrecia) casada contra su voluntad y que se enamoró de este buen caballero. La acción se sitúa en Siena, ciudad que debía ser por entonces - ya había muerto Catalina- bastante liberal en cuestiones de moral, tanto privada como pública.

El caso es que Lucrecia, casada con un hombre al que no ama, quiere tener relaciones sexuales (no se trata para nada de un amor platónico) con Euríolo que, tras varias peripecias, consigue colarse en su cuarto disfrazado de campesino. Pero, en ese momento, entra el marido de Lucrecia y el amante tiene que escondrse debajo de la cama de su amante. Implora él
Pioii3sucesivamente, para no ser descubierto, a los dioses, que no hacen nada, al Dios cristiano, inicialmente con escasa convicción y, al verse casi perdido, con mucha más euforia para no ser pillado. Finalmente se salva gracias a su intervención (o, al menos, eso se deduce), aunque después, parece que ambos se olvidan pronto del problema y vuelven a las andadas, una vez pasado el peligro.

En definitiva, Piccolomini, empieza ya a cristianizar algo de la moral con recursos al Dios de la moralidad, frente al de los paganos, que no han hecho nada. Aunque, como casi siempre, con un motivo muy terrenal, es una vez más aquello, tan extendido entre los católicos, de... sí apruebo, pondré 200 velas, si me caso pondré mil velas y daré una limosna (tal vez sería más útil estudiar o intentar conocer gente).

En definitiva, volviendo a Piccolomini, ¿puede considerase esta obra el inicio de su posterior conversión? Puede ser, aunque en este sentido es mucho más interesante una carta, que también se conserva, escrita a otro amigo suyo para que se aleje de una prostituta de la que está enamorado y que se titula Remedio del amor.

Quizá, para conocer mejor al autor, nos fueran más útiles las memorias de este Papa, que son en realidad un diario, llamadas "comentarii" y que también constituyen un caso excepcional, pues es la única autobiografía de un pontífice. Quede pues el caso de Pío II para la historia de la literatura y para el de la Iglesia Católica.


 

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