Anika entre libros

Parole, parole, parole

Susana Guzner, agosto 2005


En la mayoría de entrevistas a escritorxs hay dos preguntas recurrentes hasta la exasperación: "¿Cuánto hay de autobiográfico en su libro?" y "¿Por qué escribe?" Uff. La primera es tan absurda que cuesta reprimir un exabrupto ¿Podría alguien crear excluyendo a sus sentimientos, pensamientos, a su bagaje histórico y cultural? Un PC puede que sí, un ser humano, imposible. La pregunta, pues, sobra por los cuatro costados.

En cuanto a aquello de "por qué escribe", recuerdo que cuando era solamente lectora me encandilaba la infinita variedad de metáforas, elipsis, retruécanos, sarcasmos, melancolías, paradojas y demás recursos de quienes escriben para desentrañar su oficio.

Ahora que además de lectora soy escritora publicada la fascinación ha dado lugar a un cierto estupor. "Escribo para que la locura no me devore"; "Escribir es vivir, vivir es escribir, si no escribo no vivo"; "Escribir es como beber un buen vino, ni demasiado añejo ni tampoco demasiado nuevo, ha de estar es su sazón, como las frases bien dichas". "La palabra no existe" es una réplica bastante en boga, y para ejemplificar su inexistencia se apela a una ingente cantidad de vocablos, de modo y manera que el enunciado queda dialéctica y automáticamente contradicho. Tanta palabrería para hablar de las palabras. ¡Oh! Que además no existen ¡Oh y Oh!

Al principio de mi tardía andadura como escritora manufacturé cuatro o cinco contestaciones precocinadas, algo así como un mix entre las tantas definiciones que había leído con buenos toques de mi propia cosecha. Una de ellas fue "escribir me es tan natural como tener sed y beber", lo cual es verdad, así lo vivo, pero como ya la he utilizado bastante me he visto obligada a refrescar mi repertorio y proveerme de algunas frases ingeniosas, originales o lo que esté en boga.

Tras reflexionar sesudamente y darle vueltas y más vueltas -cómo no- a las palabras, por qué y cómo decirlas, arribé a la conclusión de que no tengo la menor idea de por qué escribo, así de rudimentario, de modo que he alcanzado una suerte de nirvana, o de inopia, y respondo: "No sé por qué lo hago". Y es verdad. No sé por qué lo hago ¿Para qué, pues, echarle más cuento de Calleja?

Esta respuesta suele disgustar, tal vez porque siendo tan descarnada no hay por donde hincarle el diente. Lo siento, es lo que hay. Aunque, lógicamente, no falta quien lee entrelíneas y en ese "no lo sé" descubre un intenso e intrincado metalenguaje que me deja aún más estupefacta. Da igual lo que diga: siempre habrá quien se empeñe en otorgarle arcanos enigmas crípticos a mi modesto y hasta estúpido "No lo sé". Uff. La próxima vez me alzaré de hombros en silencio, pediré otra cerveza o hablaré del tiempo.

Pese a lo dicho, y otra vez habla la lectora, hay una definición de la literatura que me emociona particularmente, pero no puedo adjudicármela porque la enunció nada menos que la espléndida Yourcenar: "Se escribe para escribir lo que escribiríamos si escribiéramos". Maravillosa ¿Verdad?

Nada más lejos de mi intención que entablar parangones imposibles, que conste, pero bien podría ser una paradojal variación de mi humilde "No lo sé". Claro está que infinitamente más sutil, inteligente y poética.



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