Anika entre libros

Leyendo a este hombre, el diccionario se pone cachondo

Jaume Cordelier, marzo-abril 2008

 

Leyendo a este hombre, el diccionario se pone cachondo*


Mi buen amigo ERO, al que ya he mencionado aquí en alguna otra ocasión, ha abandonado, al menos por el momento, su inveterada introspección y afición al anonimato y se ha decidido a salir a la luz con un artículo semanal que publica en un medio de comunicación de titularidad estatal.

Se trata de una serie de comentarios sobre grandes obras clásicas de la literatura (sólo la española por ahora) con la intención de acercarlas a los lectores, o más bien, debería decir que, sobre todo, a los que lo son en potencia y también para aquellos que no se atreven con ciertas obras porque las consideran, por motivos diversos, inaccesibles; Mejor dicho, no nos atrevemos, porque me cuento entre ellos.

Su primer artículo trató sobre el poema de Mío Cid, que comparó con El Señor de los Anillos y la literatura de aventuras en general. Cuando lo leí me quedé asombrado, además de por la jocosa osadía en la comparación, porque no tenía el tono doctoral y académico que yo esperaba y, más bien al contrario, vi, algo corto de entendederas, cierta frivolidad en el lenguaje y en el tratamiento. Así se lo comuniqué a mi estimado colega que me contestó, con su aplomo habitual, que no hacía falta que diera tantos rodeos para decir que sencillamente no me había gustado. Su apreciación no era del todo exacta, pero, en fin, no quise profundizar en el debate para evitarme una nueva derrota.

Al hilo esta disquisición recordé una anécdota que me ocurrió leyendo un artículo de V. I. Lenin, acerca de la revista Svoboda (Libertad) que publicaban a principios del siglo pasado los emigrados rusos en Ginebra.

Según Lenin la revista era francamente mala (de hecho sólo aparecieron dos números) y por un motivo nada relacionado con la política, sino con el estilo literario que, para teórico del marxismo: era grandilocuente y difícil de entender para el común de los mortales, máxime si se tenía en cuenta que iba dirigida, sobre todo, a obreros. Me pareció entonces extraño que en vez de centrarse en rebatir los argumentos de Svoboda, Lenin criticara su pomposidad estilística.

Al releer el primer artículo de ERO, llegué a conclusión de que lo más probable es que si trata de acercar la literatura a la mayoría de los ciudadanos no parece que el lenguaje docto y profesoral sea el más adecuado. Muchos años de excesivo academicismo han alejado de manera irremediable a muchos de la lectura.

Muchas veces nos asustamos ante la envergadura de una obra clásica, ante su posible dificultad para entenderla o, incluso, ante el "tocho" que supone una abundante número de páginas. Tenemos cierto miedo porque nadie nos ha explicado cómo debemos asaltar esa fortaleza de cientos de páginas, ya sea en prosa o en verso.

Bienvenida sea pues la idea de ERO que, con un lenguaje sencillo y comprensible, y sobre todo adaptado a los más jóvenes, a los que hay que conquistar para la causa de la lectura, trata de acercarnos a los clásicos de siempre, a esos Libros que aunque muchas veces están esperando en nuestras estanterías, acaban olvidados y siendo sujetos pasivos de nuestros buenos propósitos para abordarlos para cuando tengamos más tiempo o sencillamente más ganas que casi nunca llegan.

Así que, efectivamente y por justificar el título, podría decir que leyendo los comentarios literarios de este hombre el diccionario, y de paso el lector, se ponen literariamente cachondos y nos parece más fácil llegar a bajar de la estantería ese libro temible.

Espero que la iniciativa de mi amigo sea un éxito, no sólo en lo personal sino, también, en lo que se refiere a conseguir que el contacto diario con la literatura no sea una especie de "tarea imponente" que la mitad de la población evita absolutamente.

* La frase original es "oyendo a este hombre..." y fue dedicada a Niceto Alcalá-Zamora, excelente orador, varias veces diputado, ministro con Alfonso XIII y primer presidente de la Segunda República española.

 

 

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