Anika entre libros

La Filología, una ciencia al servicio de la verdad

Cátulo, junio 2004


En mi artículo anterior, dedicado al Papa Pío II, afirmé que este pontífice, es el único que ha dejado escritas unas memorias. Sin embargo, los hechos me han desmentido con rotundidad y rapidez, ya que, hace escasos días ha salido a la venta un libro con las memorias de Juan Pablo II y que, por lo que sé, ya encabeza algunas listas de ventas en algunos países. Qué poco he tardado en comprobar que los caminos del Señor muchas veces son tortuosos.

Mas no acongoja mi ánimo este desmentido, por lo que traigo de nuevo un asunto relacionado con la literatura del Vaticano Vallay, en esta ocasión, sin posible desmentido pues, aunque tarde, fue la sede católica romana la que admitió los hechos puestos en su día al descubierto por un excelente filólogo renacentista: Lorenzo Valla (en la ilustración).

¿A qué hechos me refiero? Pues nada más nada menos que a una de las mayores falsificaciones literarias de la humanidad: las donaciones de Constantino. Según la historia, Constantino el Grande, emperador romano, hijo del general Constancio Cloro y de Helena, que hoy es santa, pero antes fue, posiblemente, una mujer de vida licenciosa, fue el que oficializó el cristianismo como religión del Imperio y, esto, se constata a través del edicto de Milán, que fue firmado en el año 313 de la era cristiana. Nada más lejos de la realidad. Constantino jamás oficializó el cristianismo como única religión y, él mismo solo, se bautizó en el lecho de muerte, así que henos aquí frente a una gran mentira. Es más, está demostrado que Constantino era pagano y adorador del sol.

Pero las mentiras no quedan en esto, que podría ser más o menos anecdótico. Van más lejos y tienen más trascendencia. El estado Vaticano siempre ha justificado sus derechos temporales sobre lo que denominó territorios pontificios sobre la base de unos documentos que se supone redactó el propio Constantino y en los cuales hacía, entre otros legados, una serie de donaciones territoriales a los Papas. Este documento conocido como donaciones de Constantino o también como Codex Imperial o Códice Vaticano es la falsificación que descubrió Lorenzo Valla en 1440.
Vallamanuscrito
En mi primer artículo, sostengo que los renacentistas trataron de recuperar todos los valores clásicos y que, el arte, no queda excluido. Dentro del arte está, evidentemente, la literatura y, dentro de ésta, la filología.

Manuscrito de Valla

La importancia de la filología es para los renacentistas una cuestión clave. El espíritu del Renacimiento lo que quiere es volver a los tiempos de los clásicos en todo su esplendor, sin falsificaciones. Se trata de recuperar el pasado y no de inventarlo.

Lorenzo Valla puso sus enormes conocimientos filológicos al servicio del estudio y de la clarificación de los textos antiguos. Las citadas donaciones, guardadas como un gran tesoro por la iglesia Católica, proceden del año 374, si la memoria no me juega una mala pasada.

No hace otra cosa que seguir los pasos iniciados por Francesco Petrarca y aplica la filología al estudio de los textos clásicos. ¿Por qué? Pues muy sencillo, a lo largo de los años, los traductores, los copistas y ciertas interpretaciones habían adulterado buena parte de los textos originales con el riesgo consiguiente de que no se supiera su verdadero significado o, incluso, se dieran por buenas cosas que no lo eran en absoluto. Repito que no se trata de inventar un pasado glorioso sino de la recuperación de ese pasado.

He de reconocer que es muy posible que si Lorenzo Valla no hubiera sido secretario de Alfonso el Magnánimo, aragonés que era rey de Nápoles, no hubiera tenido el más mínimo interés en el estudio de las donaciones. Pero los hechos fueron los que fueron.

Alfonso estaba por aquellas fechas en abierto enfrentamiento con el Papa por las cuestiones territoriales. Dicho sea de paso, los litigios entre el papado y los reyes aragoneses en Nápoles venían ya de lejos como consecuencia de complicados asuntos familiares.

El papado sostenía que, según las donaciones, el Vaticano tenía derechos sobre una serie de territorios que también quería para sí el monarca aragonés. Y Valla se puso a trabajar.

Escribió una obra que tituló "de falso credita et ementita Constantini donatione", es decir, sobre la falsedad y mendacidad de las donaciones de Constantino. En ellas Valla, mediante el análisis del lenguaje utilizado en los textos, demostró que el documento era una burda manipulación y que incluso se relataban hechos que habían sucedido muchos años después de redactados los mismos.

El documento en cuestión cuyo título real era "Constitutum domni Constantini Imperatoris" tenía dos capítulos. En el primero se relata la conversión de Constantino por obra y gracia del Papa Silvestre I, al que estaba dirigido. Curiosamente Silvestre I, que fue santificado después, murió en el año 335. Esta primera parte es la que se conoce por "confessio".

La verdad es que la falsificación era bastante burda. Por ejemplo decía que "concedemos a nuestro santo (sic) padre Silvestre sumo Pontífice y Papa universal de Roma y a todos sus sucesores la sede de San Pedro". En aquel tiempo, Silvestre, era sólo uno de los numerosos representantes de las sectas cristianas que había en el Imperio.

En segundo lugar, y esto es muy significativo el título de Papa no se utiliza hasta bastante después. Según algunos historiadores el primer obispo de Roma que usa el nombre de Papa es Silíceo.

Es posible que esto sea así. Hasta entonces el obispo de Roma se dirigía a los otros obispos en tono fraternal, mientras que parece que es este Silíceo quien utiliza un lenguaje conminatorio (mandamos, ordenamos, decidimos...)

Pero es que, por si todo esto fuera poco, el texto está escrito en un latín lleno de faltas gramaticales terribles y con referencias históricas imposibles. No quiero detenerme, porque no es el propósito literario, en aberraciones de fechas, pero para quienes estén interesados en la cuestión hay documentación exhaustiva.

Mas, sí me gustaría apuntar, que Lorenzo Valla tuvo serios problemas por la publicación de sus obras, especialmente con la citada, porque puso en cuestión la autoridad temporal de la iglesia Católica. Y es, precisamente este, el hecho más trascendental de la obra valliana.

Ciertamente, la denuncia de Valla, lo que pretendía era por un lado demostrar las falsificaciones documentales del Codex, que es lo que a nosotros nos interesa desde el punto de vista lingüístico, y por otra, sumarse a los que querían que la iglesia retomara el mensaje espiritual de los primeros cristianos.

De hecho, la incidencia de la obra de Valla fue tanta que incluso influyó en Martín Lutero y devino en la reforma. Más insisto en que esto es tema para los estudiosos de la religión.

VallatumbaDe todas formas parece que, gracias a Valla, hoy sabemos que el famoso Codex pudo ser escrito en tiempo del rey Pipino el Breve, es decir unos 400 años después de lo sostenido por la iglesia católica que, sólo, a finales del siglo XVIII admitió la falsedad de este manuscrito.

Tumba de L. Valla

Y para finalizar unos breves apuntes biográficos de Lorenzo Valla, tomados del brillante estudio del profesor Diego Fusaro. Valla nació en Roma en 1407 en una familia de Piacenza. Tuvo como maestros a Juan Aurispa y Ranuuccio de Castiglion y desde muy joven demostró su carácter inconformista.

Tuvo serios problemas con las autoridades judiciales de Pavía (1433) por un opúsculo que publicó contra ellas (de vero falsoque bono) y tras salir precipitadamente de la ciudad entró al servicio del rey Alfonso de Aragón que, en esa época, estaba en plena campaña por la conquista del reino de Nápoles.

No debió ser Lorenzo Valla un hombre aburrido, si hemos de fiarnos de Fusaro, pues dedicó su atención como pensador y escritor al vino: "padre dell' allegria, maestro dei grandi, compagno nella felicità". Brindemos pues por Lorenzo Valla "padre del dolcissimo sonno".


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