Anika entre libros

La Felicidad


Nashe, principal protagonista de La música del azar, de Paul Auster, ha sido de pronto abandonado por su mujer. Tras haber recibido una portentosa e inesperada herencia, decide dejar atrás su vida anterior y dedicarse sólo a conducir sin rumbo hasta que se le acabe el dinero. El dinero, piensa, le da libertad, pero como es agotable, cada vez que lo usa para comprar otra ración de libertad, al mismo tiempo se niega una porción igual. La vida de Nashe acaba destrozada.

En una escena del libro, Pozzi, un joven desesperanzado al que Nashe ha conocido en la carretera y se convierte en su compañero de viaje, habla de su infancia, marcada por el eclipse de su padre siendo él aún un bebé. Cuenta que a la edad de los 8 años, encontrándose solo delante del portal de su casa, se presentó de repente su progenitor. Habiendo percibido éste la incredulidad del niño, que daba por muerto a su padre, le enseñó su carnet de conducir para que reconociera su apellido. Poco después, le entregó cien dólares, mientras le decía: "Una cosita para que sepas que pienso en ti." Y, con la misma, desapareció. El niño, que jamás había visto un billete de tanto valor, pensó: "Supongo que esto quiere decir que es mi padre." En vez de gastarse el dinero, lo escondió en una cajita y todas las noches lo miraba sólo para asegurarse de que estaba allí.

"Eso quería decir que realmente habías visto a tu padre", intervino Nashe. Pozzi respondió que había probablemente había creído que si conservaba el dinero, entonces su padre volvería.

Cuando 4 años después el hombre reapareció de nuevo fugazmente, su hijo le reveló lo que había hecho con el billete, aún oculto en la caja. El padre, ofendido, contestó: "Guardar el dinero es cosa de tontos." Y antes de marcharse, le dio otros cien dólares, los cuales, esta vez, el niño gastó en regalos para su madre.

Al cabo de mucho tiempo, Pozzi terminó los estudios en el instituto y su padre le envió desde algún lugar remoto un cheque de 5 mil dólares por su graduación. El chico no se murió de felicidad, según cuenta en el libro de Paul Auster, y hasta la fecha no ha vuelto a saber nada de su progenitor. Tampoco nosotros.



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