Anika entre libros

Juan Gil-Albert: el poeta místico y anarquista

Jaume Cordelier, abril 2004


Creo que es un sano ejercicio recuperar la memoria de aquellas personas que han sido injustamente postergadas u olvidadas por la historia o, lo que es aún peor, no ya por la historia, que puede llegar a ser algo etéreo, sino por los hombres y mujeres de su propio país, sea esta postergación o este olvido por el motivo que sea. El olvido de un hombre bueno es casi siempre la mayor injusticia.

Sin embargo, desgraciadamente España o los españoles, somos expertos en grandes olvidos, en grandes amnesias colectivas y, por tanto, cometemos enormes injusticias. Personas que han contribuido al engrandecimiento de nuestra cultura y de nuestra historia común, son sistemáticamente olvidados. En cambio, cualquier futbolista de tres al cuarto, o cualquier aprendiz de cantante, es reconocido como una especie de genio.

La verdad es que me resulta chocante que muchas personas de las que trato cada día, sean capaces de recordar de memoria la formación de tal o cual equipo de fútbol o cantar perfectamente una canción en inglés, y no sean capaces de recodar dos versos seguidos de Antonio Machado, por poner un ejemplo.

Por eso, quiero resaltar que el suplemento de cultura "Babelia" del diario El País de Madrid, recuerde la figura del poeta alicantino Juan Gil-Albert del que se acaba de celebrar el pasado uno de abril -es un decir lo de celebrar- el centenario de su nacimiento y, digo que es un decir, porque han sido muy escasos los recuerdos a esta figura interesantísima de la literatura española.

Supongo que lo que pasa es que Juan Gil-Albert, hombre culto refinado y ciertamente algo hedonista, tuvo la mala suerte de ser coherente en un país donde la coherencia se paga muy cara. Republicano consecuente, tuvo que exiliarse a México durante ocho años y en su país, donde volvió en 1947, fue relegado deliberadamente por el régimen de la incultura surgido del golpe de estado del 18 de julio de 1936 o, al menos, eso se deduce del interesante artículo que al poeta dedica Juan Antonio González Iglesias. Dicho sea de paso, y ahora que está tan cercano el 14 de abril, ojalá que también algún día, espero que no muy lejano, se logre hacer justicia definitivamente a la labor cultural de la Segunda República Española tan terriblemente abortada.

Prefirió Gil Albert, instalado en la soledad vital, un exilio interior en que se encerró conscientemente y del que no salió hasta finalizada la dictadura. Además su homosexualidad, en una sociedad donde existe (aún es así) un concepto obsesivo de la virilidad, no le facilitaban las cosas. Según González Iglesias, Gil-Albert con el paso de los años, renunció al combate pero no a la independencia de criterio y, de ahí, surge la obra Drama Patrio, en contra de aquellos famosos y nauseabundos 25 años de paz (en 1968). Paz de los cementerios, paz de los silencios, paz del oprobio, paz de la ignorancia... Y así, escribe: "El asco de la gente que me rodea / pervierte mi virtud". No se puede decir tanto en tan pocas líneas.

Lo curioso de este gran poeta alcoyano es que, si tuviéramos que hacer caso de los siniestros tópicos al uso, tendría que haber estado en el lado opuesto a la causa republicana y democrática. Por nacimiento era un auténtico "señorito", con una cultura esmerada que se movía entre el más agudo refinamiento y la estética más aristocrática.

Pero todo lo contrario. Se colocó de parte de la democracia y colaboró activamente en su defensa, organizando el Segundo Congreso de Escritores Antifascistas y fue secretario de la revista Hora de España, que reunión muchas de las mejores voces de aquella terrible época.

Sin embargo y, a pesar de todos los esfuerzos, parece que siempre ha sido un escritor para minorías. Tal vez sus propias palabras sean las que mejor definen su actitud ante la vida: "me siento místico, casi en la misma medida que soy un anarquista". Honremos, aunque sea tarde la figura de este poeta olvidado y solitario.


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