Anika entre libros

El Rey Ricardo II: Hacer de la necesidad virtud

 

Cuando se tuerce la vida en situaciones ordinarias, se olvida a menudo que no hay mal que por bien no venga. Allí donde se cierra una puerta se suele abrir otra nueva. Reflexiono sobre esto después de terminar la lectura de El Rey Ricardo II de Shakespeare. Alzo la mirada y pienso que si hay algo que nos diferencia en el siglo XXI de los personajes de este escritor del siglo XVI es, tal vez, la ausencia de valor o de coraje. Hemos ido perdiendo capacidad para hacer de la necesidad virtud, un modo de encarar la existencia que ayuda a vivir con la cabeza alta y mirando al frente, me parece. Por el contrario, los personajes de Shakespeare, al menos en este libro, suelen incluso preferir la muerte a tener que sobrellevar una vida malograda.

"El más puro tesoro que concede la vida mortal es una reputación intachable, destruida la cual, los hombres son tan sólo barro dorado o pintada arcilla". Así se expresa uno de los personajes. La dignidad, que ellos pueden llamar honor, es la vida, aunque la excepción confirma la regla en el caso de los aduladores y los Judas, que no escasean tampoco.

A mal tiempo, buena cara, aconseja en el libro de Shakespeare el duque de Lancáster a su hijo Bolingbroke que ha sido desterrado por supuesta traición al Rey. Hacer que la pena que aguarda al frente quede atrás y visualizar la alegría en el horizonte, de eso se trata. El destierro puede considerarse, entonces, como viaje de recreo en una ausencia temporal. "Habrás de suponer", le dice el duque a su hijo, "que los pájaros cantores son músicos; la hierba que pisas, la cámara real cubierta de afombras; las flores, hermosas damas, y tus pasos, no más que un baile voluptuoso o una danza." No es un camino de rosas lo que se propone, porque no parece nada fácil enseñar a la propia necesidad seguir este razonamiento. Ante los hechos inevitables, de nada sirve razonar como lo hace la mujer del depuesto Rey Ricardo II, la cual se niega a oír hablar de alegría, porque, como quiera que le falta, le recuerda más vivamente su pena. Y si se le menciona la tristeza, se añade más dolor a su ausencia de alegría.

Ciertamente, la pena no hay que alimentarla, pero la alegría que falta nunca viene mal sentirla.

 

 

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