Anika entre libros

El Quijote

Manuel Márquez, mayo 2005


Más allá de la omnipresencia mediática que impone una celebración como ésta en que nos encontramos inmersos, del cuarto centenario de la publicación de su primera parte, y lo que ello puede suponer de agravante al respecto, supongo que Cervantesconstituye toda una temeridad el plantearse emborronar unas líneas, por someras y poco pretenciosas que resulten, acerca de la inmortal y celebérrima obra de Miguel de Cervantes, convertida -tanto la obra en sí como su personaje protagónico- en auténtico icono de alcance mucho más lejano que el estrictamente literario y, si se apura, incluso cultural. Temeridad que no deriva de la falta de confianza del suscribiente en la validez o interés de sus apreciaciones -que es algo que, en cualquier caso, habría de dejar a la particular valoración de cada uno de sus potenciales lectores-, sino a la constancia de que es talmente tremenda la cantidad y calidad de lo ya escrito a lo largo de siglos sobre tal obra -a cargo, además, en muchas ocasiones, de auténticos expertos técnicos en la materia-, que quizá no quepa mucho que añadir a ello, o, en todo caso, aquello que se añada resultará redundante o irrelevante.

En tal tesitura, también supongo que la opción más válida puede ser la de optar por ceñir mis palabras al ámbito de las percepciones afectivas y emocionales surgidas al calor de la lectura de la obra, prescindiendo de cualquier veleidad que me empuje a entrar en valoraciones u opiniones de carácter más técnico, por denominarlas de alguna manera: con toda seguridad, será la forma más eficaz de evitar que las redundancias sean demasiado evidentes, así como obviar meteduras Quijotede pata en las que fácilmente se puede incurrir cuando se trabaja con un material de tan tremendo calado.

Y es que el Quijote, a qué negarlo, impone un cierto respeto, así, a primer golpe de vista; sea cual sea la edición que se maneje, de las innumerables que existen disponibles en el mercado editorial, siempre estaremos ante un volumen de cierta entidad, en cuanto a su presencia física, y sobre el que, además, pesan una leyenda y una tradición que, a fuerza de su sacralización y encumbramiento como la obra más señera de la historia de la literatura en lengua castellana, pueden constituir más un lastre que un acicate a la hora de plantearse la que, en última instancia, debería constituir finalidad básica de todo aquel que a él se acerca: su disfrute a través de su lectura.

Miedos fuera: el Quijote es, más allá de sus valores literarios (enormes), una de las novelas más entretenidas que se puede leer, por el sentido del humor y el ingenio que destilan todos sus personajes, tramas y situaciones -un humor que se balancea, con una mesura prodigiosa, entre la socarronería más ácida (¿quén dijo que el esperpento era una invención valleinclanesca...?) y el humanismo más tierno y comprensivo- y por la gracilidad y ligereza de su estructura, desarrollada en unos capítulos que consiguen un perfecto punto de equilibrio entre la extensión suficiente para dar rendida cuenta de las situaciones que en cada uno de los mismos se recogen y la brevedad conveniente para no resultar excesivamente prolijos: más que capítulos, casi podríamos hablar de sketches, si se permite la trasposición lingüística de la denominación de su estructura a un ámbito genuinamente audiovisual; eso sí, en una sucesión inagotable de episodios, a cual más divertido -Cervantes demuestra una imaginación desbordante a la hora de fabular situaciones disparatadas, auténticos gags humorísticos de un enorme nivel-, narrados con una agilidad y un dominio del verbo que apabullan.

Por supuesto que, más allá de esa condición de divertimento -que, ya de por sí, la sitúan en un nivel excelso, dada la calidad con que lo consigue-, subyacen en el Quijote un cúmulo de elementos adicionales, de mayor trascendencia y Quijote1calado, tantos como lecturas y análisis cabe hacer de las distintas capas que se superponen sobre su núcleo novelístico: su retrato de un tiempo y una época, de una viveza excepcional, hasta el punto de constituir una fuente de información parangonable a la que pueda significar cualquier obra de no ficción con tales pretensión y alcance; su plasmación de las contradicciones inherentes a la condición humana, con la enorme riqueza y complejidad que la misma ofrece en cuanto se confrontan diferentes visiones del mundo y de la vida (algo inevitable desde el mismo momento en que surge una relación entre personas, por elemental que ésta sea), encarnadas en esos dos personajes (sólo supuestamente) antitéticos que serían Don Quijote y Sancho Panza; su catálogo de reflexiones sobre los más variados temas, de corte social, filosófico, político o religioso, que llega a constituir todo un compendio de la visión cervantina de la vida, expuesta, además, con una riqueza enorme de matices y registros (se puede estar de acuerdo, o no, con las ideas de Cervantes, pero difícilmente se puede cuestionar el excelso nivel en su forma de exponerlas). En definitiva, todo un "complejo vitamínico" el que ofrece la novela de Cervantes, capaz de revitalizar y fortalecer el espíritu más enflaquecido que a ella asomarse pueda.

Pero, insisto una vez más, no teman por ello al hipotético riesgo de enfrentarse a los gigantes de un tocho arcaico e infumable: nada más lejos de su gozosa realidad, la de los molinos de viento de uno de los textos mejor escritos y más alegres y divertidos a que uno pueda acercarse; una de esas lecturas que, amén de enriquecer alma, corazón y vida (como decía la canción), te dejan el poso de la sonrisa en la comisura de los labios y el corolario de cuán gozosa puede resultar una experiencia a la que, cual hacen los devotos con sus ritos religiosos, el buen lector debería dedicar una revisitación sistemática y periódica. Alimento para el espíritu, que también llaman algunos...


+ Miguel de Cervantes Saavedra

 

 

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