Anika entre libros

El papel de los premios

Manuel Nonídez, diciembre 2008


(Imprímase a doble cara)

No, los tiros no van por lo evidente. No se trata de objetar la trascendencia de los premios literarios en la vida del autor, ni siquiera de cómo los percibe el lector o el mundo mediático, el enunciado se refiere al soporte de lo imaginado, aquello que da cuerpo al delirio particular de quien lo surca de tinta. Al producto elaborado con fibra de madera, trapos o paja, que Papel1mantiene y sustenta la historia: el papel. Lo que habíamos dicho al principio.

En opinión de quien lo edita, el autor siempre es la parte asequible del libro, lo más caro es el papel, justificación excelente y manida ante cualquier subida en el precio de venta aunque luego, sin mayor explicación, permita que se pierda como agua entre los dedos. Aquello tan apreciado y que debiera manejarse con la meticulosidad de lo impagable por la degradación que produce en el entorno, parece minusvalorado en el ánimo de quienes más lo nombran y arguyen a la hora de plantear un premio literario. Sorpresas te da la vida. (Disimulen si piensan que identifico editorial con entidad promotora de premio, pero suelen coincidir, y para lo que tratamos no es significativo).

Permítaseme una reflexión en la que nos ayudaremos de las matemáticas. No se preocupen, sencillas, sin alharacas, que para llegar a este puerto alcanza con las cuatro reglas. ¿Se imaginan la cantidad de papel que, salvo honrosas y simbólicas excepciones, se desperdicia en los premios literarios?

Supongamos un certamen tipo: Premio de Novela Nada Sospechoso (pónganle otro nombre si es su gusto). Originales por triplicado; una media de cuatrocientas noventa páginas por original (utilizo, porque me ayuda a calcular, las cifras de mi última novela en la calle. La imprenta las transformó luego en cuatrocientas veintiséis, como ven, un peso medio), concurrencia de trescientos participantes y unas bases de concurso al uso -no hablaremos de aquellas que piden cinco copias, ni de las que solicitan dos, que son minoría, seamos equitativos-. Con una simple operación sabremos que estamos hablando de 441.000 páginas, es decir, hojas de papel. El lector dirá: "la mitad, puesto que cada hoja alberga dos páginas." Error. En los certámenes literarios se EXIGE el original a doble espacio, por una sola cara, y con tipo de letra de doce puntos. Desconozco los motivos.

Como integrante del jurado en algún que otro premio, confirmo que maneras incómodas de leer un texto existen, pero pocas como hacerlo a dos espacios y con el reverso de la página en blanco. Gran, al menos para mí, misterio editorial.

Dando, en este caso, por bien empleadas las 2.940 páginas del ganador y un finalista, la demasía, que por su magnitud evidente no es imprescindible calcular en cifra, va al contenedor de reciclaje (adelante hablamos también de esto). Pocos autores recuperan los originales una vez fallado el certamen para reutilizarlos posteriormente porque, además de que se deterioran en los envíos, los costos de transporte superan a los de impresión o fotocopia, y encuadernación. Seamos sinceros.

Una modificación en las Bases del premio literario, simple, que aliviara el desperdicio e hiciera feliz a cualquier jurado, resulta de fácil aplicación: solicitar los originales a espacio y medio, que se leen sin agobio -incluso mejor-, y a doble cara, que descarga de peso al mecanoescrito. El espacio y medio transformará un original de cuatrocientas noventa páginas en el mismo, pero con trescientas setenta, y la doble cara lo divide. Ahora estaríamos en un gasto por concurso de 166.500 hojas de papel DinA4. Todo un ahorro, ya es algo.

Pero hay que considerar la zona intestina de un premio. De las trescientas obras que hemos supuesto, al tribunal le llegan, siendo generosos, cinco para su evaluación. ¿Qué pasa con el resto? Se desagua por los diversos cortes a que se enfrenta en su camino. De lógica es que un jurado no puede leer las trescientas obras presentadas, porque prolongaría en años su fallo. Se precisa, pues, dejar esta labor en mano de comités de lectura encargados de valorar los mínimos del original que se recibe. (La profesionalidad y aptitud de sus integrantes no se duda, ni es materia de este artículo).

Su labor elimina en primera instancia los originales que no se ajustan a las Bases del concurso; los que presentan faltas de ortografía; están mal escritos, o no resultan interesantes por apreciación subjetiva de quien los evalúa. Con amplio espíritu deportivo, calculemos que ochenta alcanzan la fase de semifinales. Bien. Si en vez de en papel la obra se presenta en formato digital -un archivo de texto al uso-, la primera criba se hubiera hecho ante la pantalla del ordenador. Hay que tener en cuenta que en las lecturas de selección, muchas obras se caen en el primer capítulo, y sólo aquellas que mantienen el interés del lector hasta el, por lo general, quinto, se premian con el paso a cuartos de final, fase en la que ya se les va a dedicar más tiempo. Esto reduciría las 166.500 hojas de papel que nos han quedado tras modificar las bases, en 44.400. Continuamos ahorrando.

Hay que contar con la reticencia de algunos autores a remitir sus archivos de texto por miedo a que sean difundidos en Papel3Internet sin su permiso. Desengañémonos, al día de hoy, esa prevención es, cuando menos, ingenua. Una tarde libre, un escáner y un programa gratuito de reconocimiento de caracteres, y cualquier obra pululará por la red con nulas posibilidades de localizar al ratero literario. Para templar ánimos, bastaría con que la promotora del premio añadiese en sus Bases una cláusula comprometiéndose a destruir los archivos que no sean de su interés para publicación posterior, y ya no se utilizarían 122.100 hojas de papel con tan somera excusa.

Llegados aquí, la entidad que convoca el certamen -no el autor- puede imprimir un único ejemplar de las obras seleccionadas, puesto que son analizadas una por persona y sólo las que despiertan profundo interés son objeto de intercambio. Teniendo en cuenta que cinco pasan a la final, habrá otras setenta y cinco en las que el gasto de papel se habrá reducido a un tercio, es decir: 27.750 hojas menos. Entregadas las obras al jurado, la entidad imprimirá las que éste necesite: 2.775 DinA4, el doble contando la obra finalista, y que daremos por bien empleadas.

Con una racionalización de las Bases del concurso literario, se reducirían de 441.000 hojas de papel a las 5.550 impresas para este supuesto.

Jugando a ser buenos y quedándonos en lo doméstico, plantéese, lector, cuántos concursos literarios se dan en nuestro país al cabo del año. No tenga miedo, aventure una cantidad y multiplique. Por mi parte, me niego a seguir haciendo números para calcular en kilogramos el resultado.

"El papel no va a la basura, se recupera", podrá alegarse. De acuerdo, pero hacerlo no es gratuito. El proceso de reciclado también contamina, además de que los costes de producción elevan su precio por encima del papel virgen, dándose la paradoja de que, siendo de peor calidad, es considerablemente más caro. Parece, y sólo es una sensación, que la industria castiga la conciencia verde. Ah, pero amiga/o, las cosas están asín, que dirían en mi tierra.

 

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