Anika entre libros

"Cuernos retorcidos", o el valor de la amistad

Manolo Nonídez, mayo-junio 2009 (texto y fotos)



CuentosretorcidosNo sé ustedes, pero yo, cuando tengo un libro en las manos, de manera inconsciente me dispongo para el disfrute, tanto por lo que espero encontrar dentro, como por el trabajo que, entre bambalinas, supongo ha llevado ponerlo en el mercado.

Lo mismo que cuando se apagan las luces de la sala y comienzan los títulos de cabecera. Será deformación profesional, no se lo discuto, pero el momento es impagable. Se arrellana uno en su butaca, carraspea como si tuviera que largar un discurso y, por tiempo limitado, desconecta del mundo y sus ―y nuestras― miserias. Aplíquese la fórmula según conductas individualizadas, y habrá de verse que, chispa más, chispa menos, la actitud es general. Nada se interpone entre quien narra y quien escucha. Somos inmaculados, todo oídos, y oídos vírgenes, perdóneseme la osadía, si es que queda ya rastro de eso en el mercado.

Más tarde, se irá uno a casa, o tornará a la realidad, con gesto estulto o satisfecho según haya funcionado el asunto. Si gusta, bien, si no…, justificaciones: "Bueno, al fin y al cabo, no se está obligado a complacer a todo el mundo…" "Ya se Leguinasabe, es una historia arriesgada…" "Una visión a la que no estamos acostumbrados…" "En la diversidad está la virtud." "La innovación es difícil de asimilar al principio…" En fin, las mandangas habituales.

Hasta aquí bien porque estamos hablando de reglas no establecidas de un juego en el que participamos todos. Pero qué pasa cuando tras unos minutos de proyección, o unos cuantos capítulos del libro, todo estalla como globo en manos de un crío. Coño, nos sentimos engañados, frustrados, y con ganas de decirle cuatro frescas a quien nos escamotea un tiempo de nuestra vida que podíamos haber dedicado a mejor empeño (no sé, buscarnos un moco en el semáforo, o redactar "El eón como partícula de unión materia-espíritu en la física cuántica". Da lo mismo, estamos hablando de libertad) y, lo que es peor, nos ha birlado un nada desdeñable puñado de euros que ya nunca volverá al bolsillo.

Ah, pero es un riesgo que ha de afrontar tanto el autor, como el editor y, por supuesto, el usuario final. ("Usuario final". Es horrible la inhumanidad de esta imagen dialéctica). Sí, pero cuando priman los intereses comerciales sobre la literatura, postura lógica hasta cierto punto, el de la ética, nos encontramos en el mercado con textos tan innecesarios como "Cuernos retorcidos". Y no es casualidad que acostumbren a llevar en cubierta apellidos ilustres con la espuria pretensión de dar solvencia al desaguisado. Porque un texto puede ser malo, o bueno; estar peor o mejor escrito; ser más o menos Leguina2interesante, eso queda a juicio del lector, que es quien afloja el parné, pero, hombre, en cualquier caso, debiera ser sincero.

Viene a cuento porque hace un tiempo, invitado por Ediciones Irreverentes, acudí, encantado, lo reconozco, a la presentación del último libro publicado hasta hoy de don Joaquín Leguina. Político culto y escritor avezado ―coincidencia habitual un par de siglos atrás, y rara avis en los tiempos que corren―, que me resulta de muy agradable lectura, tanto si transita el ensayo, como cuando le pega a la novela. (Recomiendo algunos títulos para quien aún no conozca su faceta literaria y desee acercarse a su obra: "La fiesta de los locos"; "Las pruebas de la infamia", o "Cuernos", colección de once relatos, la mayoría deliciosos, cuyo título se remeda con mala fortuna en este postrer librito. Si prefieren ensayo, vean ustedes uno muy entretenido: "Malvadas y virtuosas; retratos de mujeres inquietantes", o alguno de mayor enjundia: "Años de hierro y esperanza", entre otros cuyo contenido aún no se me ha franqueado por falta material de tiempo, que no de interés).

Pero no nos dispersemos. Estábamos en la presentación de "Cuernos retorcidos" llevada a cabo en las instalaciones que Casa del Libro posee en Hermosilla, 21, en Madrid. La terna era de lujo porque acompañando al señor Leguina teníamos a Leguina6doña Pilar Cernuda, periodista; don Juan Manuel de Prada, escritor, y don Miguel Ángel de Rus, periodista, escritor y responsable de Ediciones Irreverentes en aquel lugar y momento.

El señor De Rus, en su papel, alabó el libro, felicitándose por haber puesto en circulación un texto tan interesante, y animándonos a los congregados a que no dejáramos pasar la oportunidad de hacernos con él; nuestra biblioteca lo agradecería, sin duda.

Sin embargo, no hay nada más interesado que las palabras de un editor cuando trata de vendernos su trabajo. Si no eres novato en estas lides, siempre tienes que ir con la sospecha bajo el bigote, pero es que, además, en este caso, al señor De Rus debió de pasársele por alto que el señor Leguina viene de un mundo, el de la política, donde que te midan palabras, gestos y actitudes gentes adversas y plenas de nada dudosas intenciones, está a la orden del día. Por eso, y por su innegable bonhomía, la sinceridad es, o lo parece, una de las virtudes de don Joaquín.

Resumiendo discurso, el señor Leguina dijo que él no había pensado nunca en publicar aquellas notas dispersas, reflexiones, cuentos y anécdotas que, junto con algún breve estudio de opinión, había ido almacenando a lo largo de su vida literaria, pero que el señor De Rus había insistido en requerirle un título para Irreverentes porque deseaba llevar el apellido Leguina en el catálogo de la editorial (y no descubro aquí secreto alguno, repito palabras del autor en la presentación de su libro).

Malo. Si no fuera porque ya había comprado el ejemplar presumiendo lo que no debí, me hubiera ahorrado los cuartos en Leguina3ese preciso instante; es lo que tiene fiarse de las apariencias.

La sensación fue tomando cuerpo cuando la señora Cernuda, lejos de hablarnos del libro, hizo un recorrido por las vicisitudes políticas y laborales que habían padecido, y disfrutado en compañía, el curtido político y ella. "Conozco al señor Leguina desde hace décadas; vivimos juntos la Transición; nos unen muchas trincheras…" discurso entrañable, sí, pero, ya digo, al libro, pocas referencias y de pasada.

Mientras, en la mesa, en el extremo opuesto al señor Leguina (algo consecuente por otro lado), el señor De Prada permanecía ajeno al discurso de la periodista, salvo en algunos instantes que, esquinando la mirada y con una sonrisa a medio prender, parecía compartir los instantes de humor junto al resto del respetable. En su turno, tampoco atinó a ponderar el texto. Se limitó a tratar de definirlo, cuestión ardua, ya verán adelante por qué. "Los clásicos lo hubieran incluido en el ámbito de las marginalias", expresó a falta de mayor elogio.

Y ya está, nada más. Nada más interesante que reseñar, me refiero, sólo que, quienes no poseían el libro se precipitaron (en cualquiera de sus acepciones) en su búsqueda. Pobres. Como nadie habló del contenido del libro aquella tarde, lo Leguina4haré ahora para información de ustedes. Me limito a ponerles sobre aviso; cada uno juzgue por sí. El volumen contiene veintiún textos nada homogéneos, que transitan desde el cuento en pequeño formato hasta el ensayo breve, pasando por anécdotas, propias y ajenas, recuerdos, apuntes, reflexiones…, editados según compilación personal del señor De Rus, y siguiendo el más estricto protocolo editorial que deja en blanco la cara par cuando el capítulo concluye en impar, y consiente una página entera para cada título. Al precio que está el papel (lo más caro en un libro si exceptuamos su promoción), es casi una edición de lujo que permite, por ejemplo, que un texto de once líneas, se vea arropado por tres páginas en blanco y otra entera para el título. Algo realmente generoso, cuando menos, porque de las 152 páginas que posee el volumen, 36 van en blanco, 21 se reservan para los títulos, y se añaden dos más donde se publicitan obras ajenas. La una: "Antología del relato español", miscelánea de autores, y la otra "Donde no llegan los sueños", escrita por el propio don Miguel Ángel De Rus.


En la tripa se topa uno con trabajos realmente atractivos y dignos de ser degustados en mejor contexto, tales como: "Una notte del '43" en la "Novela de Ferrara" de Giorgio Basanni; Leguina5"Semprún"; o "La cuajada", junto a otros tan traídos por los pelos, tan embutidos con calzador, que resultan anacrónicos. Como "El ascensor", un microcuento de nueve líneas del todo excusable aquí porque, en literatura, sabido es, todo lo que no suma, resta.

De ahí el título de este opúsculo que está usted leyendo, y que quiere ser un canto a la amistad, a la auténtica, la que no busca contraprestaciones. Porque un libro así, palabra, no sale a la calle por otro motivo. Favor que le hace el señor Leguina a Irreverentes por medio del señor De Rus, y que aporta al catálogo de la editorial un apellido ―que no un texto― de referencia; y a la trayectoria literaria del señor Leguina, nada en absoluto. Pero como, después de todo, a uno no le seduce la perspectiva de desperdiciar quince euros y una tarde de vida, también yo esperé pacientemente en la fila de los solicitantes de rúbrica. El libro no mejorará en mucho mi biblioteca, pero sí amplía mi colección de obras dedicadas por sus autores. Miren, no todo iban a ser pérdidas.

 

+ Joaquín Leguina

 

 

 

 

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