Anika entre libros

Corazón teledirigido

Elisa Rodríguez Court, mayo-junio 2008


Se ha realizado una operación novedosa en un hospital. Los médicos han colocado a una paciente un neuroestimulador cervical que puede ser manejado por ella para evitar el dolor de pecho, reducir los infartos y multiplicar las expectativas de vida.

Este corazón, ahora teledirigido, ha dejado atrás muchos sufrimientos acumulados a lo largo de años, por lo que su Librocorazonreceptora ya puede decirle: "Sé que el tiempo no se llama como tú", robando este verso a un poeta.

A partir del invento de este neuroestimulador, se podría llegar a descubrir la manera de proyectarlo hacia otras estancias recónditas del corazón donde se aloja el dolor menos tangible y más descorazonador. El dolor que quiebra en secreto el corazón. De él da cuenta, entre otros, uno de los Lieder de Goethe y Schubert, bajo el siguiente lamento: "Mi corazón pesa,/ mi calma se ha ido", así como en un poema de Heinrich Heine se duele también la música de Schubert: "Soporto lo insoportable/ y rompérseme/ quiere el corazón en el cuerpo."

Este mismo dolor jubiloso arrancó de las entrañas de Neruda sus Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada y de las de Francisco de Quevedo su Amor Constante Más Allá de la Muerte. Conocidas son sus palabras: "Serán ceniza,/ más tendrá sentido;/ polvo serán, mas polvo enamorado."

Fernando Pessoa hablará de "ondas negras" que atraviesan su corazón de nadie.

Se podría, entonces, teledirigir el corazón y provocar la expulsión de una pasión amorosa cuando no es correspondida o cuando, por los motivos que fueren, se vuelve insoportable. Asimismo, deshacerse de un amor que sigue atormentando pese a que de su llama no ha quedado ningún rescoldo o de alguno que, de tanta satisfacción, aburre. En otros casos, evitar a tiempo que brote la pasión dentro del corazón por falta de viabilidad o porque, simplemente, se intuye que hace daño.

Se podría, por tanto, controlar y vencer ciertos amores para ceder el paso a otros. No se sabe si más o menos gratificantes y si más o menos perjudiciales, pero siguiendo la lógica del deseo cuya primera ilusión es desear. Como escribió Nietzsche, porque "antes que no querer, el hombre prefiere querer la nada." Justo en el abismo donde un objeto de deseo acaba y se espera la llegada de otro que lo reemplace.

 

 

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