Anika entre libros

Cofrades de la palabra

Manuel Márquez, mayo 2005


No se me ocurre muy bien cómo calificarlo: paradoja, contradicción, incongruencia o simple curiosidad; pero no deja de llamarme la atención que a alguien de talante tan poco religioso como es el mío -y, si me apuran, con una vena anticlerical y antieclesial bastante pronunciada-, no se le ocurra un término más apropiado para referirse a esta peculiar congregación, que el de cofradía. La cofradía de la palabra.

Los miembros de la cofradía de la palabra no han hecho ninguna manifestación de voluntad para pertenecer a la misma; no constan como socios en ningún libro de registro, ni pagan cuotas, ni tienen carné que los acredite. De hecho, es muy probable que muchos de ellos sólo tengan una idea muy difusa acerca de su condición de tales; pero no cabe ninguna duda de que lo son, y por derecho propio, porque reunen todos los requisitos que ha de cumplir tal cofrade, que se resumen y condensan en la profesión de un amor profundo y desmedido por la palabra en todas sus vertientes, formas y manifestaciones: oral, escrita, leída, hablada, gritada, susurrada, sola, en compañía, sobre papel, sobre pantalla... Consecuentemente con ello, al cofrade de la palabra se le reconoce sin excesiva dificultad, por la existencia de rasgos inequívocos que lo delatan y distinguen fácilmente entre sus demás semejantes; a saber...

El cofrade de la palabra es un lector compulsivo. Calibra muy poco los tiempos de dedicación, y, cuando de lectura se trata, diez, doce, catorce horas diarias pueden ser muchas, o pocas, depende del material que se traiga entre manos -y de otras circunstancias, que no vienen al caso-. Y, además, es muy poco selectivo: aun cuando es claramente consciente de que no todas las calidades son equiparables -la práctica reiterada le termina haciendo buen conocedor de la materia-, en último extremo, lo importante es leer: a ser posible, una buena novela, o un artículo periodístico de calado, pero, en una urgencia severa, se puede echar mano tranquilamente de Mortadelo y Filemón, o de un folleto del Carrefour...

El cofrade de la palabra es un escritor agazapado: sueña, barrunta, aspira, pero no termina de concretar (o, quizá, tampoco le interesa demasiado). Por supuesto, no pretende, en ningún caso y bajo ningún concepto, escribir el Quijote, por dos motivos, básicamente: en primer lugar, ya lo escribió hace cuatrocientos años un tal Cervantes (por cierto, con resultados más que aceptables...); y, en segundo, ya hay muchísima gente intentándolo (visto lo visto, y leído lo leído, con muy desigual fortuna en el empeño...). Pero no por ello se priva de disfrutar dando rienda suelta a sus veleidades escribientes -aunque le cueste reconocerlo, ese puntito de vanidad siempre está ahí- y poniendo negro sobre blanco aquello que se le pasa por el magín: con mayor o menor formalidad, pero, siempre, poniendo en la tarea, como rezaba el viejo bolero, alma, corazón y vida...

El cofrade de la palabra también suele ser un conversador infatigable, una suerte de vigoréxico de la lengua, a quien, en ocasiones, no es muy conveniente darle pie: es fácil saber cuándo y cómo empieza, pero se hace harto más complicado el averiguar cúando y cómo puede terminar, si llega el caso... las pasiones desaforadas acarrean, a veces, estos pequeños inconvenientes. Además, suele tener un ojo clínico extraordinario para la elección de sus "víctimas": el cofrade de la palabra no suele elegir a uno de los suyos para ejercitar sus efusiones -los resultados podrían ser demoledores-, y es, más bien, partidario de explotar sabiamente aquella vieja teoría de los "opuestos complementarios". Suele funcionar, suele funcionar...

De todos modos, si hay un rasgo que confluye en todos los cofrades de la palabra, sin excepción, y que, además, los define y singulariza es una convicción: la del extraordinario poder de la palabra, como aquello que más identifica a los humanos como tales, la herramienta más eficaz para organizar nuestra convivencia, y su extraordinaria capacidad para desplegarse en los más diversos ámbitos de la existencia: con la palabra nos comunicamos, con la palabra soñamos, y con la palabra, en última instancia, sentimos... y amamos. ¿Podría negar alguien el explosivo potencial de algo que, siendo tan sencillo, es capaz de exhibir tales credenciales...? El cofrade de la palabra no sólo no tiene duda alguna, sino que, además, profesa una fe sólida y sin fisuras sobre tal particular.

Conozco a bastantes cofrades de la palabra. Hombres y mujeres de diferentes edades, sexos, querencias y creencias a los que, por encima de diferencias en esos aspectos (y, a veces, muy profundas) me une esa comunión antes apuntada en unas convicciones tan elementales como intensas. Hombres y mujeres a los que tengo un especial aprecio, en los que me veo reflejado y en los que siento la pulsión de un mismo latido cuando compartimos aquello que tanto amamos, la palabra, las palabras. Ojalá tengamos ocasión de compartirlas durante mucho tiempo; hoy sólo quiero, con todo mi cariño, dedicarles éstas que ahora emborronan esta pantalla destellante: torpes, poco brillantes, pero salidas del corazón. Compas, va por ustedes...



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