Anika entre libros

A vueltas con el latín

Jaume Cordelier, diciembre 2008


Bastante sorprendente ha sido para algunos la decisión "motu propio" del Papa Ratzinger que permite que los sacerdotes puedan decir de nuevo la misa y otros actos litúrgicos en latín a petición -parece- de un numero determinado de fieles. Se rectifica así, en cierta medida, una decisión del Concilio Vaticano II que estableció que la Eucaristía se celebrará en la lengua vernácula de cada pueblo.

En verdad, a mí, no me ha causado demasiada sorpresa la decisión de Benedicto XVI. Sé que es un ferviente partidario de la "vieja liturgia", porque él mismo lo ha reconocido en multitud de ocasiones. Es un Papa que da mucha importancia a la liturgia. Incluso creo que demasiada.

LatinPero, no es mi intención, analizar la decisión papal porque estoy seguro de que, a lo largo de las próximas semanas, ya habrá quien lo haga con mucha más autoridad de la que pueda tener yo.

Tampoco sé que tal andarán de conocimientos de latín los curas de la actualidad pero es posible que alguno tenga serias dificultades. Ya veremos.

Lo que me interesa es el latín; esa lengua muerta, aunque se resista a ser bien enterrada y que, de vez en cuando, nos da algún susto al aparecerse cual fantasmagórica amenaza del estudiantado. El latín me parece que ha quedado relegado poco menos que a un idioma para estudiosos y especialistas, para el canto sacro y ahora, posiblemente, para alguna comunidad católica integrista. Y es una pena.

Uno, que ya tiene sus años, recuerda que fue martirizado con la traducción de Guerra de la Galia, del inefable Julio César del que aún recuerdo ese inolvidable comienzo "Galia est omnis divisa en partes tres". Verdaderamente qué disparate de educación. Un modesto aprobado me permitió pasar al siguiente curso pero, no fue suficiente, evitar una seria admonición paterna.

Me pasó con el latín, igual que a otros muchos coetáneos, lo mismo que con la poesía: a fuerza de hacérnosla aprender de memoria, para recitarla de forma absurda, cual papagayos, en los exámenes orales de cada trimestre, se nos llegó a hacer odiosa. Me ha costado muchos años recuperar el interés por la poesía. Otros jamás lo logran. De la lengua del Lacio recuerdo poco más que las declinaciones y algún latinajo que, soltado convenientemente y sin abrumar a la interlocución, le da a uno cierto halo de distinción.

Pero, en vez de corregir el yerro provocado por la nefanda educación, se ha optado, con estulticia singular, por la solución más desatinada y se ha eliminado de los planes de estudio el aburrido y, presumiblemente inservible latín, para grande y casi general regocijo.

¿Para qué estudiar algo inútil, una lengua que ya nadie habla? Pues contaré, a modo de respuesta, con una, hoy seguramente ignota, pero en su día famosa anécdota, de un ministro de Franco que se hizo muy popular por su sonrisa y que era natural de un pueblo de Córdoba, llamado Cabra.

Cuando el ministro en cuestión objetó sobre la utilidad del estudio del latín, algún intrépido de la época le contestó que servía, entre otras cosas, para que a él, prócer nacido en Cabra, le dijeran egabrense y no una cosa mucho más fea. ¡Si su coterráneo Séneca hubiera levantado entonces la cabeza!

Pues bien, aunque no lo parezca y, al margen de anécdotas más o menos enjundiosas, tal yerro ocasionará (ya lo hace) que, a no mucho tardar, se deteriorará el conocimiento del castellano, del catalán, del valenciano y del gallego, lenguas todas ellas que proceden del mismo tronco.

Y provocará, item más, que dentro de algún tiempo nuestras lenguas, que hoy parece que sirven más de motivo de división que de otra cosa, sean borradas prácticamente del mapa lingüístico internacional para ser sustituidas por cualquier lengua bárbara, carente casi de gramática. Puede parecer a muchos una exageración pero, al tiempo.

Porque los pueblos que no son capaces de guardar como un tesoro su patrimonio cultural, están destinados a ser meros esclavos de otras culturas que sí habrán sabido imponerse, que sí habrán hecho todo lo posible para que su idioma, posiblemente mucho menos rico que los arriba citados, se imponga de forma contundente. Claro que, bien pensado, a pensamiento único, también único idioma.

Y lo que sirve para las citadas lenguas peninsulares es válido también con seguridad para el italiano y el portugués y, en menor medida, para el francés.

Sigamos, entonces, eliminando el estudio del latín, desconozcamos el origen de nuestra cultura lingüística, acabemos nosotros mismos por aceptar el hecho de que el mundo anglosajón se impone en todos los terrenos, aceptemos que la latinización es una verdadera reliquia del pasado.

Pero luego no nos quejemos del fracaso escolar en España, no protestemos de la enorme cantidad de películas de EEUU que se proyectan en nuestras pantallas o de que la mayor parte de los españoles no lee ni un mísero libro al año.

En realidad, aunque no lo parezca, todas estas cuestiones están relacionadas: falta de un sistema educativo coherente, sensato, que incite al estudio como ejercicio de formación intelectual personal y no como una inversión financiera a corto plazo y con un rendimiento determinado por el éxito económico-social.

Y me remito, para finalizar, al Talmud, donde se dice que hay que estudiar por amor. Es una gran verdad, sin amor al estudio, sin verdadero interés por saber más, sin que ello deba revertir sólo en una expectativa mercantilista, que muchas veces ni siquiera se ve cumplida, sin un verdadero respeto por el legado que nos dejaron los que nos precedieron, estamos destinados a ser un pueblo culturalmente esclavizado.

No se trata de volver a martirizar a los niños y adolescentes con traducciones de César o de Cicerón, ni de que reciten de memoria "beatus ille qui procul negotiis", se trata de que primero sepan que existió una maravillosa lengua que se extendió a lo largo del mundo entonces conocido y que es el origen de nuestra propia lengua. El interés por Horacio vendrá -seguro- por añadidura.

 

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