Anika entre libros

Inauguración de la nueva librería Gigamesh

Pilar Alonso Márquez, abril 2014, texto y fotos / Foto de la tienda: Librería Gigamesh

 

Gente. Más gente. Gente por todas partes. Y un Caminante Blanco que parecía recién salido de la serie "Juego de Tronos" codeándose con el personal. Y un Papa atento a que todo estuviera en su lugar y a que los demonios hicieran de las suyas Caminanteblancosolo lo justito.

Un mural magnífico, obra de Enrique Corominas, presidía el nuevo local. Una tienda grande, inmensa, llena de libros, juegos y escritores. Porque el día de la inauguración, y también el siguiente, se llevó a cabo una maratón de firmas: Carlos Sisí, Emilio Bueso, Marc Pastor, Javier Negrete, Juan de Dios Garduño, José Carlos Somoza, Sergi Llauger, Susana Vallejo… por mencionar solo algunos. Y ahí sí que había gente, haciendo cola para conseguir la firma, la dedicatoria, el minuto de gloria que los acercaba a los creadores de mundos, distopías y fantasmas. Ojeando las estanterías, acariciando los lomos de los libros, sin importar el idioma en el que estuvieran escritos. Porque allí, en medio de Barcelona, en el número 8 de la calle Bailén, se había inaugurado "la librería friki más grande de Europa".

Con mi sombrero y mis botas vaqueras, para no desentonar con el maravilloso mural de Corominas, anduve por los pasillos, tropezándome con zombis, orcos, trasgos y enanos, con hobbits, vampiros y dragones. A mis ojos todas aquellas personas eran seres de un universo particular que me demostraban que a la gente todavía le gusta leer, y que no está todo perdido.

En la Librería Gigamesh te sientes como en casa, rodeado de los tuyos, de los compañeros con quienes compartiste un sinfín de aventuras, guerreros con los que luchaste en mil batallas, brujos y magos que te prestaron sus conjuros, criaturas de la noche con las que aprendiste a moverte en la oscuridad, y viajeros que te mostraron ciudades imposibles.

Todo está allí, señores, agazapado en los estantes, aguardando la oportunidad de caer en nuestras manos. Las mías se fueron llenas, no por primera ni desde luego por última vez.

 

Diorama escena de "Los caminantes" de Carlos Sisí. Artista: José Luis Barca (Galicia)

Dioramacarlossisi

 

En el año 1714 Baluard, que más tarde sería conocido como El año de la plaga, El joven Moriarty inició un largo viaje que habría de llevarle hasta La corte de los espejos. Tras él, por El camino de baldosas amarillas, le seguían Los caminantes, un grupo de guerreros de andar pausado diestros con las armas y los dientes. Cuando ya no hubo baldosas, El yermo se extendió ante ellos, y por más que consultó El mapa del tiempo, que llevaba a buen recaudo en el bolsillo, fue incapaz de averiguar la ubicación exacta de La ciudad enmascarada.

Finalmente, tras arduas jornadas de viaje, hallaron el Refugio del viento, una posada en mitad de la nada regentada por Terán, Expósito y un estrafalario personaje que respondía al nombre de Dorian Gray Corominas. Fueron ellos quienes le hablaron de El espíritu del mago, el guía que habría de conducirles hasta su destino. Esa noche pernoctaron allí y en La cocina de los monstruos charlaron amigablemente con el cocinero, al que todos apodaban El gusano de fuego por la costumbre, no muy bien recibida por los comensales, de servir los platos a temperaturas solo aptas para dragones. Fue él quien les explicó Cómo llevar a tus hijos al lado oscuro, aunque ni Moriarty ni sus compañeros se dejaron convencer para participar en El baile de los secretos, la ceremonia que supuestamente habría de conseguirlo.

A la mañana siguiente partió la comitiva bajo un intenso aguacero. "La locura de Dios se ha desatado" pensó el joven Moriarty arrebujándose en su capa. Hallaron El espíritu del mago y durante toda la jornada viajaron sin descanso hasta que, Un minuto antes de la oscuridad, avistaron las puertas de la ciudad. Aún tuvieron que esperar La cuarta señal antes de atravesarla, pues estaba prohibido a los extranjeros cruzar aquellas puertas mientras persistiera un atisbo de luz diurna.

La comitiva llegó al palacio y fueron recibidos en La habitación de cristal. Allí aguardaba La elegida de la muerte, flanqueada por El rey trasgo y por Kobold: el señor de las cadenas. Ocupaba un trono de hierro forjado con sartenes y cacerolas, y recibió a los recién llegados con una leve inclinación de cabeza.

                - ¿Qué os trae a mis dominios?-preguntó circunspecta.

                - Busco La llave del secreto que abre Porta Coeli-respondió el joven sin titubear.

                - ¿Tienes acaso el cofre?-inquirió, incorporándose de su asiento con evidentes muestras de interés.

                - Aquí lo traigo-dijo Moriarty, extrayendo de su morral un pequeño cofre repujado en cuero, con incrustaciones de bronce y de una antigüedad manifiesta.

                - ¡Llevas contigo Las astillas de Yavé!-exclamó alborozada aproximándose a él.

                - Así es, mi señora. Las encontré en la Nueva Gigamesh. Torrubia y Alejo Cuervo las custodiaban.

                - ¿Y te las cedieron sin más?-la sospecha impregnó su voz.

                - Allí no les faltan tesoros, mi señora, y tuve que dejar a uno de mis hombres en pago, un Caminante Blanco que me resultaba muy útil. ¿Tenéis la llave?

La elegida de la muerte extrajo de su bolsillo la berenjena mágica y se la entregó.

                - ¿Lo abriréis ahora?

                -Desde luego-respondió el joven con una sonrisa-. Y esta noche… Esta noche arderá el cielo.

Pilar Alonso Márquez, abril 2014

 

 

Llenazo absoluto

Tiendagigamesh

 

 

 

 

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