Anika entre libros

La fiesta Irreverente en Elche

Santiago García Tirado, enero-febrero 2008


"Todavía hay otras formas de celebrar la buena literatura". Ésa era la frase que acompañaba a las invitaciones con las que los irreverentes lograron reunir a más de cien personas en Elche. Para leer poesía, representar teatro y narrar cuentos, con el frío de estos días pasados, y la posmodernidad que nos acorrala. El reto no era apto para melindrosos, desde luego.

La literatura corre serios peligros, y el peor de todos es que se nos caiga en manos de la estulticia, la que esgrimen esos autores torpes y coñazos que se esconden bajo manto de iluminados y artesanos del verbo. Si queréis que la gente salga corriendo, simplemente dejad que hablen.

Para recuperar el placer por la lectura hacen falta autores que disfruten con lo que relatan, con lo que versifican o dramatizan. Lo demás son eso: torpes y coñazos, aunque alguno ya tenga plaza en el establishment. A Lope no hubo que defenderlo, porque los teatros llenos bastaban para hacerlo. A Lorca no era necesario convertirlo en mártir para crear una fe, porque Lorca encuentra la música en el polvo y en el aire, y la transmite aun al más principiante. Lo demás es la mentira, el terreno donde se mueven los embaucadores.

En Elche, un sábado frío de enero, el público disfrutó al calor de la literatura, de la buena: a partir de un sketch canalla y audaz del siempre humano Alonso de Santos, una reina se quedó a vivir en un escenario por donde fueron pasando algunos de los autores jóvenes de la editorial Irreverentes. Si se aburría, increpaba al presentador para que abreviase. Si se emocionaba, como le ocurrió al escuchar el relato de Isabel Mª Abellán, lloraba sin rubor. La comedia desató las risas del público, y el cuento de Manuel Cortés Blanco lo obligó a reflexionar. Se dejó impresionar por la forma en que Miguel Á. de Rus relató los primeros pasos del periódico Irreverentes, y al final vibró con las notas de Coco Illán. Como a los poetas antiguos, a Coco le basta la música para arrastrar al público del cielo al abismo a su antojo. Hubo además vino bueno para todos, como el que pedía el autor medieval a la concurrencia que lo escuchaba atenta. Creo que después de eso no faltó de nada.

Otra cosa son las cifras, los índices, la locura. El sueño de otros negocios, menos literarios. En Elche vivimos una noche de fiesta, y con los libros de protagonistas. En buena ley se debería decir que fue un éxito. Lo confirmaron los muchos que vinieron sin saber a dónde venían y salieron con el semblante transformado. Darío Martínez, otro artista, éste de la vida, siempre me recuerda que la catarsis griega era eso. Me pregunto si hay otra forma de medir el éxito. Al término del acto me encontré con muchos semblantes transformados. Muchos.


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